menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Torrente sin vergüenza

11 0
19.03.2026

El actor Santiago Segura / EFE

Me pregunto qué ha llevado a un millón de personas a lanzarse como locos a ver la película de Torrente. Yo no lo he hecho. Es más, no he visto ninguna de las entregas de la saga, algo sobre lo que solía sentirme orgulloso. Ahora ya no sé muy bien por qué. No le veía la gracia al humor mugriento de un policía que se definía como español, fascista, machista, racista, zafio y del Atleti. Torrente nació como una caricatura de lo peor que en su momento funcionaba porque parecía ajena, un esperpento destinado a provocar risa desde la distancia. Era el retrato deformado de una España cutre que uno prefería reconocer como marginal, incluso en vías de extinción. La España que no leía libros, que no iba al teatro, cuyo principal entretenimiento cada domingo era ir al fútbol a desgañitarse contra el árbitro, y que el resto de la semana se narcotizaba más allá de medianoche con el hipnótico desfile de disfraces de Crónicas marcianas, Tómbola o Esta noche cruzamos el Mississippi. Pero con el tiempo esa exageración ha ido perdiendo su condición de anomalía para parecerse mucho a la realidad: lo que antes era parodia de lo indeseable empieza a interpretarse como un divertido, desenfadado y cínico espejo de lo que parece que nos resignamos a ser. Nuestra vergüenza convertida en nuestro lema.

Todavía me niego a creerlo y sospecho que debe de tratarse de una broma. Con motivo del estreno, una encuesta de GAD3 planteó qué ocurriría si José Luis Torrente diera el salto a la política: casi uno de cada cinco españoles lo elegía presidente del Gobierno. Su mejor resultado aparece en el centro político, ese espacio que durante años se ha querido presentar como refugio de la moderación, y entre los más jóvenes, que en teoría venían a corregir los excesos de sus mayores. En el cara a cara con otros líderes políticos, Torrente ganaría con claridad a Feijóo, Abascal y Díaz, y solo perdería ligeramente con Pedro Sánchez, lo cual también resulta revelador. Su liderazgo se apoya en atributos como campechanía, autenticidad, sinceridad y honestidad. ¿Tiene algún sentido todo esto? No.

Desde GAD3 aclaraban que no se trataba de medir tanto la intención de voto como de explorar los sentimientos de hartazgo hacia una política que ha dejado de tomarse en serio a sí misma y ha acabado contaminada por los códigos de la cultura popular. Los politólogos hablan de desafección, de banalización, de una conversación pública cada vez más agotada y más bronca. Pero el dato sigue ahí y solo puede producir perplejidad: que un personaje como Torrente pueda ser percibido, aunque sea en clave de protesta o de broma, como alguien capaz de solucionar los problemas de la gente no dice nada bueno del momento en que vivimos.

Durante años, con cada estreno, Santiago Segura decía que la realidad española era ya tan disparatada que muchas cosas no se atrevía a meterlas en sus películas porque resultarían inverosímiles. Que Torrente acabaría pareciendo un moderado. Hoy, en la era de Donald Trump, de los políticos tuiteros, de los bulos y los memes, Torrente ha dejado de funcionar como sátira: ya no nos reímos de él porque huele mal y eructa, como antes, cuando reconocíamos en él lo peor de nosotros. Ahora seguimos riéndonos, sí, pero ¿de qué exactamente?

Suscríbete para seguir leyendo


© La Opinión de Murcia