Sin reyes

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos. / EFE / @whitehouse

Un charlatán carismático llega al poder prometiendo devolver la grandeza al país, rescatar al ciudadano olvidado y restaurar unos valores supuestamente perdidos. Señala enemigos internos, desprecia los contrapesos institucionales y convierte cada crítica en una prueba de traición. Una vez en la Casa Blanca, vacía de poder al Congreso, coloniza la justicia, militariza la vida pública y se rodea de una fuerza dedicada a intimidar a disidentes, periodistas y opositores.

Muchos aceptan el precio de la obediencia porque creen que el orden compensa la renuncia a la libertad. Otros, todavía incrédulos, repiten que eso no puede ocurrir allí, en el país que se inventó a sí mismo como faro de la democracia. Pero ocurre. Y cuando quieren reaccionar, el miedo ya ha ocupado las calles, la prensa ha sido domesticada y la verdad se ha convertido en propaganda.

Solo entonces algunos ciudadanos corrientes empiezan a resistir. Y lo hacen dejando a un lado las luchas ideológicas para aferrarse a una convicción moral: que ningún poder merece obediencia cuando exige la rendición de la conciencia. Eso es lo que ocurre en Eso no puede pasar aquí, una novela que Sinclair Lewis publicó en 1935 y que parece una crónica de nuestro tiempo.

Es lo único que nos falta por ver en esta primera parte del siglo XXI: que también Estados Unidos caiga en una deriva autocrática. Ya hemos visto guerras en Europa, una pandemia, el regreso de los fanatismos, la conversión de la política en espectáculo de degradación. Faltaba esto: un sistema que quiebra por la normalización de una cultura política incompatible con la democracia liberal: el desprecio a la verdad como sustento del debate público, la amoralidad del poder y la idea de que se puede gobernar al margen de cualquier regla. Eso ya está pasando hoy.

Y, sin embargo, lo más admirable de Estados Unidos es que produce al mismo tiempo la amenaza y su resistencia. Ese país tiene la sociedad civil más viva del mundo, una cultura que no ha dejado nunca de discutir consigo misma, una diversidad humana que se rebela contra cualquier intento de uniformidad. Sigue siendo el país capaz de generar una música, una literatura, un cine y una conversación pública cuya mejor tradición es la rebeldía: la defensa instintiva de la libertad frente a cualquier forma de poder que pretenda domesticarla.

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Una prueba de ello es Bruce Springsteen, que ha levantado la voz con "Streets of Minneapolis", una canción contra la brutalidad de la política migratoria de Trump y en defensa de la dignidad de los ciudadanos. Sus palabras conservan hoy toda su fuerza cuando recuerda que "Estados Unidos es un país con ideales por los que vale la pena luchar". Es la afirmación de que la grandeza americana se basa en la defensa de la promesa democrática y en su capacidad de corregirse. Por eso emociona también la movilización de "No Kings": más de 3.300 actos con millones de personas en las calles para recordar el principio más simple de la democracia: aquí no hay reyes. Ojalá sea esa resistencia al borde del colapso lo que nos quede por ver.

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