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Los estamos machacando

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05.03.2026

Donald Trump ha llegado a la conclusión de que la democracia es un estorbo, un lastre para su acción política. No es el único. Cuando un político no responde a las preguntas de los periodistas, cuando no negocia con la oposición, cuando desprecia a los adversarios o cuando desacredita a los jueces, está actuando bajo la misma premisa: las reglas dificultan el ejercicio del poder. Es la lección de los populistas. La idea que se ha ido imponiendo es que el orden mundial liberal-democrático, con sus reglas complejas que garantizan los derechos, ha caducado. Las normas internacionales, los contrapesos institucionales, el respeto a las minorías o la cortesía parlamentaria serían reliquias de un mundo ingenuo. Trump no inauguró esa corriente, pero la ha llevado a una escala mayor. Se salta el derecho internacional, que es papel mojado, sin duda, pero es el único que existe, y actúa como si la voluntad bastara para sustituirlo. Bush se inventó un pretexto para convencer a la ONU de que había que invadir Irak, pero mentir era todavía una forma de respecto a la ley. Lo novedoso es que Trump no disimula. No hay coartada jurídica que encubra los hechos.

Tampoco hay retórica solemne. Cuando Trump creó el Ministerio de Guerra no había ningún ánimo orwelliano de fingimiento o confusión. A mí lo que más me asombra es su lenguaje. En esto tampoco tiene precedentes. Habla con claridad, lo entiende cualquiera, no disfraza sus ideas en la típica jerga vacía de los burócratas ni oculta sus intenciones con la ambigüedad de las grandes palabras. Sin embargo, esa claridad no sirve para transparentar la realidad. Detrás de ella solo emerge el delirio de su mente, sus fantasías. Sus palabras no describen el mundo, lo rehacen a la medida de sus deseos. Eso también es muy populista. Y una vez más, él es un maestro. Sus predecesores en la mentira todavía reflejaban las sombras del mundo verdadero. Él ha decidido que ya está bien de complejos.

Imaginemos la escena. Trump, con la cabeza cubierta con una gorra de béisbol, dialoga con su jefa de gabinete, Susie Wiles, mientras supervisan la Operación Furia Épica, en Mar-a-Lago. Ella, preocupada por los índices de popularidad, le pregunta cuánto durará la guerra. Él estira el cuello, le apunta con el dedo índice y responde: «Habíamos previsto entre cuatro y cinco semanas, pero tenemos capacidad para ir mucho más allá. Lo haremos. Alguien de los medios de comunicación dijo que me aburriré después de una semana o dos. Yo no me aburro. Yo nunca me aburro. Si me aburriera, no estaría aquí ahora mismo. Ya hemos hundido diez barcos». Entonces interviene el Jefe del Pentágono, Pete Hegseth: «Somos guerreros entrenados para matar al enemigo y quebrantar su voluntad. La historia nos observa. Sé la fuerza que juraste ser: centrado, disciplinado, letal e inquebrantable». Trump sonríe, entorna los párpados y remata: «Los estamos machacando, pero aún no ha llegado la gran ola». Es una escena de cómic, pero las frases son literales. El lenguaje es elemental, infantil, pero transmite una concepción muy precisa de la política: fuerza, aplastamiento. Sin dudas ni matices ni límites.

El lenguaje no es un adorno. Cuando un gobernante acepta preguntas, matiza respuestas, negocia acuerdos o rectifica posiciones, está reconociendo que el poder es limitado y que la realidad es compleja. La democracia es una forma de hablar y de escuchar. Es el régimen de la réplica y del procedimiento. Es lenta porque toma en serio al otro. Por eso mismo, con todas sus imperfecciones, ha sido la única garantía de paz entre las naciones.

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