Un viaje al Renacimiento |
Coloso de los Apeninos. / Rhododendrites / Wikipedia
Muchos son los momentos de la historia en los que me habría gustado poder vivir. Privilegiado testigo mudo de ojos asombrados ante escenas y acontecimientos, portentosos, que han elevado al ser humano hacia las más altas cotas. Gozar -gracias a un misterioso sortilegio- de la contemplación silenciosa ante la creación de obras legendarias que han marcado la Historia del Arte, y, por ende, nuestro presente. El escritor argentino Mújica Lainez (que más de una vez he mencionado en esta sección) acostumbraba a decir que escribía para huir del tiempo. Así, ciertamente, en su obra manejó magistralmente la recreación preciosista de tiempos pasados, la construcción portentosa de lugares, personajes y ambientes, fundiendo historia e inventiva con fabulosos y reconocidos resultados.
Entre todos los periodos de la Historia hay uno que me atrae singularmente. Una época que suele poblar mi mente de evocaciones célebres con ejemplos de un arte, refinado y deslumbrante, que siempre me cautiva. Un periodo lleno de avances y descubrimientos, un mundo poblado por mecenas y artistas; príncipes, condotieros, cortesanas, ciudades imposibles (y sin embargo reales) y la búsqueda de un ideal, de humana proporción, en el lejano mundo grecorromano. Evidentemente, les hablo del mundo humanista que se forjó a finales de la Edad Media y que eclosionó en los siglos XV y XVI con el asimilado nombre de Renacimiento. Pero me van a permitir que les invite a realizar este viaje fascinante de la mano de uno de los artistas clave en la fase final de éste. Un escultor poderoso que creó algunas de las obras manieristas más celebradas. Me estoy refiriendo al flamenco -aunque italiano hasta la médula- Giambologna, o Juan de Bolonia, como prefieran. Viajemos, pues, de la mano del arte a un escenario que, de no ser maravillosamente real, sería solo posible en la fabulación o recreación literaria.
A pocos kilómetros de la memorable ciudad de Florencia se encuentra la villa Demidoff, antaño villa de Pratolino. Una de esas cautivadoras villas renacentistas que Francisco I de Médicis, gran duque de la Toscana, mandó levantar como lugar de complacencia para su amante Bianca Cappello. En este lugar se levantó uno de los mejores jardines de la Europa del momento. Una suerte de paisajismo descendente donde el agua ocupaba un lugar protagonista. Posiblemente, esta villa sólo fuera comparable con la conocida y conservada villa d´Este. La propiedad fue demolida y trasformada en el siglo XIX, pero de ella queda, incólume, una de las esculturas más extravagantes y geniales de la Italia del siglo XVI.
Coloso de los Apeninos. / Rhododendrites / Wikipedia
Frente a un gran estanque, un gigante de más de once metros tallado sobre una gran roca y terminado con ladrillos, cemento y lava volcánica nos sobrecoge hoy, como en siglos anteriores debió, igualmente, ocurrir. Este titán, que parece sacado de un poema épico, fue creado por el citado Giambologna en 1580. Una escultura que no sólo es eso, sino que trasciende esta clasificación para convertirse en un caso casi único pues su interior está configurado para ser utilizado y habitado puntualmente. Esta creación sin par recibe el alegórico nombre del Coloso de los Apeninos y, como si de un dios mitológico y atávico se tratara, aplasta con su mano a un monstruo acuático por cuya boca manaba un poderoso torrente de agua. La obra funde, magistralmente, naturaleza y escultura. El artista consiguió recrear esa especie de metamorfosis en la que la montaña se hace hombre o viceversa. La escultura, como les decía, es arquitectura en su interior; incluso contiene frescos decorativos en algunas de sus cámaras. En lo más alto, en la cabeza de este Atlas portentoso, el espacio permitía cobijar a una pequeña orquesta junto a una chimenea. Ésta estaba situada junto a las fosas nasales del Coloso, ofreciendo -a una escenografía ya de por sí inaudita- el efecto de expulsar el humo por la nariz. Quizás puedan imaginar las fiestas deslumbrantes que allí debieron de acontecer, iluminadas por fuego, donde la música -esa nueva música del Renacimiento- fundiría el cantar de las numerosas cascadas con las voces humanas, con la razón y el delirio.
A pesar de lo fastuoso de la villa, esta quedaría abandonada unos años después tras la extraña muerte de sus poderosos dueños. Oficialmente, se habló de malaria; pero no pocos señalaron el envenenamiento como causa del fallecimiento (algo bastante habitual dentro de las intrigas palaciegas del Renacimiento). Después, modelada por el abandono, la villa alcanzaría un aire aún más irreal y romántico que haría las delicias de los viajeros.
El arte nos permite, queridos lectores, viajar también. Fundir nuestra existencia a los sueños de otros que nos precedieron, a ese afán creador en el que hombres y mujeres nos legaron mundos habitables en los que poder soñar.
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