Juventud para la música
Manuel de Falla retratado por Ignacio Zuloaga / Ignacio Zuloaga
Muchos de los que leerán este artículo recordarán, como yo, los coloridos billetes de pesetas que nos acompañaron en las pasadas décadas. En mi infancia, me gustaba ya leer biografías y bucear en pos de personajes que salían, de diferente forma, a mi encuentro. Evidente es -para cualquiera que me suela leer- que, con los años, esa costumbre fue evolucionando hasta convertirse en un hábito. De los citados billetes recuerdo con especial nitidez el verde con el rostro del escritor canario Pérez Galdós (de mil pesetas) y, presidiendo uno de color marrón, por valor de 100 pesetas, a don Manuel de Falla; billetes creados, respectivamente, en 1979 y 1970.
Posiblemente, sea esa la primera referencia o acercamiento a los geniales creadores en mi vida. Añadiendo a ello la consecuente pregunta que en aquel entonces, con la visión de niño, me hacía: ¿por qué estos hombres aparecen en los billetes que mis padres usan? Ambos intelectuales son fuertemente admirados por el que esto escribe, en los dos he buceado en diferentes momentos vitales y he disfrutado, grandemente, con sus universales obras.
En este año de 2026, se cumplen ciento cincuenta años del nacimiento del aclamado músico gaditano. Asimismo, se cumplen ochenta años de su fallecimiento en la Córdoba argentina. Momento, por tanto, perfecto para volver la mirada a su vida, silenciosa y fascinante, y a su gran legado musical. Ya saben que Falla nació en Cádiz, vivió en París, Madrid y Granada (aunque viajó por otras muchas ciudades europeas) y, tras la Guerra Civil, decidió exiliarse al otro lado del Atlántico, en Argentina, para nunca volver con vida (porque sí lo hizo una vez muerto y con todos los honores posibles). Manuel de Falla vino al mundo en el seno de una familia acomodada recibiendo desde muy niño, por su propia madre clases de solfeo y piano. Fue, posteriormente, el padre de la musicología moderna española, Felipe Pedrell, quien despertaría en Falla el gran interés por el flamenco y el cante jondo. En París, entabló amistad con otros grandes músicos como Ravel o Debussy. Ya en Madrid, unos años después, trabajó para los ballets rusos de la mano de Serguei Pávlovich, haciéndose una figura cada vez más popular y aclamada.
En 1919, tras la muerte de sus padres, se estableció en la ciudad de Granada, muy cerca de la Alhambra, en un pequeño y delicioso ‘Carmen’ que actualmente es su casa-museo en esta ciudad. Este lugar lo he frecuentado en varias ocasiones. Una de estas visitas fue en compañía de una amiga pianista que, con el permiso oportuno, tocó en el mismo piano de Falla que allí se conserva. Fue en ese momento, inolvidable, donde tuve casi una «pequeña visión» o afortunado viaje en el tiempo que me ha acompañado desde entonces. Momentos antes la guía nos había contado cómo en esa casa García Lorca y Falla, que fueron grandes amigos, habían pasado muchos momentos de creación y complicidad. El primero: nervioso, espontáneo, con un impulso creador desenfadado, desordenado y visceral; por contra, don Manuel, hipocondríaco y de un temperamento mucho más sosegado, metódico y tímido que el poeta granadino. Aquella evocación de los dos genios en aquel lugar precioso ya nunca me abandonó; es más: ha acudido en muchas ocasiones a mi mente como si de verdad yo hubiera estado presente entre ellos. En esta casa compuso el músico obras como el Retablo de Maese Pedro (obra musical para marionetas) o Fantasía bética.
Nuestro músico más internacional fue uno de esos artistas cuya vida estuvo consagrada plenamente a su arte. No estuvo casado, no se le conocen relaciones sentimentales ni tuvo, tampoco, una vida especialmente mundana. Fue, de alguna manera, una especie de monje seglar cuyo «sacerdocio» estuvo inspirado por la búsqueda de la salvación, personal y colectiva, a través de la música. Tampoco adoptó posturas políticas abiertas ni definidas. Se mantuvo al margen de cualquier activismo partidista. Bien es cierto que fue más bien conservador en lo social, pero bastante abierto en todo lo artístico. Hombre ascético y poco dado a la búsqueda del mundanal reconocimiento y ruido, fue amigo leal de sus escogidos amigos a lo largo de los diferentes momentos de su vida.
Por diversos motivos no regresó a España en sus últimos años. Parece ser que siempre sintió añoranza de su país y ganas de volver a este. La muerte lo sorprendió durmiendo un catorce de noviembre hace ahora, como hemos dicho arriba, ochenta años. Gustaba decir que la música era el único arte para el que era imprescindible una completa juventud de espíritu. Sea, en este año de aniversario del músico, nuestro espíritu joven y abierto nuestro mejor homenaje a su brillante creación.
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