Para lo que hay que oír

«¿Me oyes?». Eso me pregunta el chico al otro lado del cristal, o al menos eso interpreto, porque me mira con los ojos muy abiertos, señalándose su oído, después de encerrarme en un habitáculo insonorizado para ver si oigo. Yo le he dicho que no con la cabeza y he levantado el pulgar, como ese gesto que ponen algunos en el WhatsApp cuando les da totalmente igual lo que les digas -el ok universal-, aunque me han dado ganas de responderle que, si llegase a oírle, con esos cascos tan apretados que sólo oía mi propio latido, ya no me haría falta hacerme una audiometría. Ocurre que una no es perfecta, y el hecho de pertenecer a una ilustre saga de sordos hace que cualquier aparente pérdida me haga ir volando a mirarme los oídos. Créeme, sé de lo que hablo.

Entre pitido y pitido, dándole........

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