'Un mundo feliz’ |
Recuerdo cuánto me impactó aquella novela y con qué impaciencia empecé a leerla. Quería descubrir ese mundo futurible en el que los humanos estábamos programados para cumplir un destino predeterminado. No por un ente humanista o filantrópico, sino por una fría maquinaria burocrática que, despojada de todo sentimiento, dictaminaba quién debía hacer qué.
Ayer, a las seis de la tarde, se hizo realidad el mundo de Aldous Huxley. Ayer se prescindió de un individuo que no era un Alfa, sino alguien considerado totalmente reemplazable. Noelia Castillo ha representado la anodina existencia de una Épsilon, Gamma o Delta cualquiera en ese supuesto «mundo feliz». Alguien que, ante una necesidad de recursos y atenciones mayor que la de sus iguales, que resulta imposible de mantener para esa maquinaria burocrática, es sencillamente condenada al exterminio.
Quiero pensar que, en nuestro mundo imperfecto e infeliz, aún tenemos derecho a una vida digna. Lo dice nuestra Constitución: la dignidad de la persona y el libre desarrollo de la personalidad son la base de la convivencia y del sistema político. Pero para que eso sea real, el Estado debe ayudarte a sostener esa dignidad y a desarrollar esa personalidad. ¿Dónde queda la dignidad de alguien que ha sido sistemáticamente abandonada a su suerte?
Lo único «positivo» de esta tragedia, si es que algo puede serlo, es que nos abre los ojos sobre la verdadera existencia de un Épsilon en este sistema: la invisibilidad absoluta. He seguido su historia, he escuchado sus expectativas y entiendo perfectamente que no quiera vivir. Yo tampoco querría si no pudiera esperar nada más de la vida.
James Rhodes, un pianista que, es curioso, me encanta por lo que dice, ha dado en el clavo al sugerir que el remedio era, simplemente, sufragar sus necesidades. Pagarle un tratamiento médico, cueste lo que cueste, y atender sus necesidades básicas mientras lo necesitara. No hasta que se agotara la subvención, sino hasta el infinito.
Eso es lo que ha fallado. Nadie se ha hecho cargo de ella. Le han convencido de que es un ser prescindible porque no ha aparecido un John el Salvaje dispuesto a reclamar el derecho a sufrir y a mandar a paseo este «mundo feliz». Nadie le ha recordado que la distopía de Huxley es solo una novela; que la vida real no siempre es feliz, pero es la única auténtica que tenemos.
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