Las mujeres kurdas y la urgencia del feminismo global en tiempos de retroceso

Un grupo de mujeres kurdas. / REUTERS

En el noreste de Siria, en el territorio conocido como Rojava (Administración Autónoma del Norte y Este de Siria), las mujeres kurdas han convertido la resistencia en un proyecto político feminista. Su lucha no es únicamente contra el Estado Islámico, las invasiones militares o el asedio económico; es también una confrontación directa con el patriarcado como sistema histórico de dominación. Lo que allí se construye no es solo defensa territorial: es una propuesta de reorganización social que sitúa la liberación de las mujeres en el centro de la democracia.

Esta experiencia resulta especialmente significativa en un momento histórico en el que los derechos de las mujeres enfrentan retrocesos preocupantes en distintas partes del mundo. Desde la restricción del derecho al aborto en varios países, hasta el auge de discursos ultraconservadores que cuestionan la igualdad de género, pasando por el incremento de la violencia machista y los intentos de deslegitimar el feminismo, el escenario global muestra que los avances conquistados no son irreversibles.

El movimiento de mujeres kurdas sostiene que no puede existir una sociedad libre sin la liberación femenina. Inspiradas en la jineología —una propuesta teórica que replantea la ciencia y la política desde la experiencia de las mujeres— han impulsado mecanismos concretos para materializar la igualdad. El sistema de copresidencia, que exige que cada cargo político sea compartido por una mujer y un hombre, no es simbólico: transforma la toma de decisiones. Las asambleas autónomas de mujeres tienen poder real para intervenir en asuntos sociales, jurídicos y comunitarios. Existen leyes específicas contra la violencia de género y estructuras dedicadas a resolver conflictos desde una perspectiva feminista.

Esta práctica demuestra algo fundamental para el feminismo global: la igualdad no se alcanza solo con declaraciones formales, sino con rediseños institucionales profundos. En un mundo donde muchas democracias liberales mantienen brechas salariales, techos de cristal y sistemas judiciales que revictimizan a las mujeres, la experiencia kurda evidencia que la paridad puede ser estructural y no meramente aspiracional.

La imagen de las combatientes de las Unidades de Protección de la Mujer (YPJ) durante la defensa de Kobane dio la vuelta al mundo. Sin embargo, reducir su papel a lo militar invisibiliza la dimensión emancipadora de su lucha. Para muchas de ellas, empuñar un arma fue romper con siglos de subordinación, matrimonios forzados y exclusión política. La autodefensa, en este contexto, no es glorificación de la guerra, sino afirmación del derecho a existir con dignidad.

Hoy, mientras Kobane y otras ciudades enfrentan asedios, bombardeos y bloqueos, la amenaza no es solo geopolítica. Cada ataque pone en riesgo los espacios autónomos construidos por mujeres: cooperativas, centros de formación, redes de solidaridad. La experiencia kurda muestra que el patriarcado no opera aislado; se entrelaza con el militarismo, el autoritarismo y el nacionalismo extremo.

Este entrelazamiento es visible también fuera de Oriente Medio. En distintas regiones del mundo, los discursos que promueven el cierre de fronteras, la militarización y la concentración de poder suelen ir acompañados de ataques a los derechos reproductivos, a la educación con perspectiva de género y a la autonomía corporal. El retroceso democrático impacta de forma directa en las mujeres y diversidades.

En pueblos como Zirgan, las mujeres organizan asambleas para debatir economía, convivencia y transformación cultural. Las más mayores comparten experiencias; las jóvenes cuestionan tradiciones; juntas redefinen el espacio público. Esta práctica cotidiana de solidaridad feminista es quizás el aporte más profundo de Rojava: demostrar que el feminismo no es solo protesta, sino construcción comunitaria.

En un contexto global donde el individualismo y la precarización fragmentan el tejido social, la organización colectiva de mujeres ofrece un modelo alternativo basado en el apoyo mutuo. Frente al discurso que caricaturiza al feminismo como confrontación permanente, estas experiencias muestran su dimensión creativa: cooperativas económicas, educación popular, resolución comunitaria de conflictos.

El avance del feminismo ha sido uno de los motores más importantes para mejorar las sociedades contemporáneas: ha ampliado derechos civiles, transformado legislaciones laborales, visibilizado la violencia machista y promovido modelos más igualitarios de convivencia. Sin embargo, los logros obtenidos en las últimas décadas enfrentan una reacción organizada.

El auge de fuerzas políticas que promueven valores ultraconservadores, la desinformación que presenta la igualdad de género como una amenaza cultural y los intentos de limitar derechos sexuales y reproductivos forman parte de una contraofensiva global. En este escenario, la experiencia de las mujeres kurdas recuerda que los derechos no se conceden de manera definitiva: se conquistan y se defienden.

La revolución de las mujeres en Rojava no es un modelo perfecto ni exento de contradicciones, pero sí constituye un ejemplo poderoso de cómo el feminismo puede articular resistencia y propuesta. En tiempos de retroceso, su experiencia subraya una verdad esencial: la igualdad de género no es una agenda sectorial, sino una condición para sociedades más democráticas, justas y pacíficas.

Si el patriarcado es global, también debe serlo la solidaridad feminista. Las mujeres kurdas, bajo asedio, nos recuerdan que avanzar en derechos no es solo una cuestión de progreso moral, sino una necesidad urgente para sostener la democracia misma.

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