Marcianos y caballas |
Este tiempo de locos está cabreado; los trenes de borrascas, la lluvia interminable, inundaciones, desbordamientos de ríos y los vientos huracanados tratan de decirnos algo, aunque muchos con gorro de papel de plata pretendan negar lo evidente. La semana pasada miraba con atención los partes meteorológicos del sur del país y el norte de África; la cosa no pintaba bien, pero en el calendario desde hace meses tenía previsto un viaje; Tánger era el destino. Nunca antes había estado en Marruecos y las ganas eran todas. Los olores, la comida, la cultura estaban por descubrir. Aunque la climatología me decía que quizás había que suspender el viaje, una pandilla de inconscientes y yo estábamos decididos a vivir una aventura.
Dejábamos Murcia con un sol de escándalo y temperatura primaveral, cogiendo un avión rumbo a Tetuán. Un cielo gris y la lluvia nos recibían; la carretera y el viaje hasta Tánger marcaban lo que sería un viaje intenso. Viajar con monitores de campamento (amigos que organizan todo) a veces tiene sus ventajas, Es casi la hora de la merienda, me como un ñu del hambre que tengo. El futuro inmediato es incierto, y llega Pilar y nos sorprende con una mesa reservada en la parte antigua de la ciudad de Tánger para disfrutar del auténtico Cous-Cocús. El sol apareció tímidamente mientras entrábamos en el restaurante La Muralla. Dos rondas de cervezas Casablanca después el resto de la expedición llegaba, por fin, todos los protagonistas del viaje juntos.
Marcianos y caballas en Tánger, nada puede salir mal. Tres platos de cous cous y una piñacolada, tocaba descubrir el alojamiento, una casa antigua junto a la muralla de la ciudad, dos terrazas; en la última, una vista panorámica de Tánger nos dejaba sin palabras, en el horizonte: Algeciras, Tarifa y el Campo de Gibraltar. Empezaba a anochecer y había que comprar avituallamiento (cerveza). Nos fuimos a la aventura y a que nos devolvieran un pasaporte que nos habíamos dejado olvidado; no preguntéis. Desde la prudencia en un país desconocido, descubrir olores, sabores o entrar en las tiendas típicas me resulta fascinante, conocer a la gente, intentar aprender de otra cultura. Ahí estábamos Koko, Milenko y yo, recuperando el pasaporte, montándonos en el coche de nuestro taxista de confianza que se estaba peleando por teléfono con la mujer en árabe, o eso me contaron, mientras buscábamos un lugar donde nos vendieran cerveza y hielo. Las cervezas costaban sangre de unicornio virgen, superamos la prueba, aunque antes tuve que sortear el único pequeño sobresalto: al encontrarme en un segundo rodeada de mucha gente gritando, subir al primer taxi y no mirar atrás fue la mejor decisión que tomamos, mientras mi corazón iba bastante rápido.
Llegó la hora de acostarnos, todas las estufas encendidas, móviles cargando. Dormí bien; al despertarme, parte de la casa no tenía luz, los enchufes no funcionaban, se podía mascar la tragedia, muchos aún dormían, opté por subir a la azotea. El día estaba gris, había llovido toda la noche y el paisaje era bonito; nada arruinaría el día. Había agua caliente, nos duchamos a oscuras y nos pusimos en marcha. Primera parada: un desayuno delicioso a base de ‘reghayef’ como un crepe relleno de queso y miel. Paseamos por el mercado, los puestos de carne, de especias, de comida callejera, marroquinería. Un cine precioso en la Plaza 9 de Abril. En la zona de la playa, edificios de otra época con un toque decadente bellísimo. Tánger en una mañana te recorres sus rincones y todo pasa a resultar familiar. Seguíamos sin luz, comimos con velas, nos contamos la vida, nos echamos unas risas. De repente, la tormenta perfecta, el agua entrando desde la terraza; una pequeña inundación. Apareció un electricista, la cosa no mejora, pero tenemos actitud y gran cantidad de bebida y comida para un mes. Tras una negociación bilateral entre nosotros y los dueños de la casa, optamos por ser trasladados en mitad de la tormenta. Dos horas más tarde pasamos de la parte antigua de Tánger a la más moderna, a dos pisos con todo lujo y confort, mucha cerveza y ganas de lo que sea. Nos fuimos juntando alrededor de una mesa, un vermú, un vino, una cerveza, un gin tónic. Y jugamos al Hipster, siempre pierdo. Y llega nuestra pitonisa de confianza y nos echa las cartas, un turbante y unas flores improvisadas adornan a la mejor. Nos hemos convertido en refugiadas climáticas, en un campamento hetero dice José Ángel.
Amanezco sin resaca, duermo poco, ducha y al Café de París, lugar que durante la Segunda Guerra Mundial fue nido de espías, contrabandistas y agentes internacionales. La gente se sienta mirando a la calle, y miran a la gente pasar. La de historias que guardarán esas paredes. Quiero volver. Había silencio y disfruté de un gran desayuno, con tortilla francesa incluida, vive la France. Más tarde llegó ese momento del viaje que te llevas, el día anterior descubrí un cementerio judío en mitad del centro de la ciudad. Volvimos a pasar y sus puertas estaban abiertas y allí estaba David, un señor mayor, que cuida el cementerio, nos acompañó y explicó su origen, la manera de enterrar a los difuntos, el ritual. Su cara era bondad, y fue un regalo conocerle. Nos lo llevamos para siempre, ojalá volver y encontrarle. Los caballas nos abandonaron, la expedición marciana permanece, es la última noche. Un largo paseo por la playa, sanador, junto al mar, empieza a ser la despedida. Más tarde una cena los supervivientes climáticos hablamos de política y de la vida. Esa noche dormí en una cama, en tres días, dormí en tres sitios distintos. Nos levantamos muy pronto, yo como siempre la que menos duerme, a las 6.00, estaba lloviendo, y mientras recogía y salía de la ducha, escuché la llamada al rezo en el silencio del día que aún no había amanecido, fue el último regalo de este viaje. Sin duda volveré a contratar los servicios de La Perla, tu monitora de campamento de confianza. Espero que venga con el equipo completo de caballas y marcianos. No hay borrasca que se nos resista. Feliz domingo.
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