Buenos días, notificaciones

La luz del pasillo se quedaba encendida para que no vinieran los monstruos. Alumbraba lo justo para que la imaginación no hiciera ruido. Queda el zumbido leve de la bombilla y esa franja amarilla debajo de la puerta. Con los años, cuando la ingenuidad encuentra su cadáver, se entiende que aquella luz no espantaba nada. Nos calmaba. La oscuridad seguía ahí, pero era una oscuridad negociada. Ahora la luz no está en el techo sino en la mesilla, boca arriba, respirando notificaciones como un animal doméstico. Antes bastaba con cerrar los ojos. Hoy hay que deslizar el dedo, reconocer la cara, aceptar términos que nadie lee. La bombilla olía a polvo caliente. La pantalla no huele a nada.

En casi todos los dormitorios se repite la escena, y por eso asusta. Alguien se duerme con la televisión murmurando y amanece buscando el móvil antes que el cuerpo que respira al........

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