Budapest ya no responde al teléfono

Viktor Orbán se dirige a sus simpatizantes y reconoce la derrota. / ATTILA KISBENEDEK / AFP

Durante años no fue solo una capital. Fue una centralita de instrucciones para la nueva política del resentimiento europeo. Orbán enseñó a media Europa que una democracia podía vaciarse sin romperle los cristales, sin apagar del todo la lámpara. Bastaba con conservar la escenografía institucional y desmontar, con el sigilo de un topo de la antipolítica, aquello que hacía respirable una democracia: la independencia judicial, la libertad de prensa, los derechos. Budapest no era una excentricidad del Este, sino un laboratorio danubiano donde se ensayaban fórmulas para vaciar Europa desde dentro.

Lo decisivo de la derrota de Orbán no es solo que haya caído un gobernante, sino que se haya cortado una línea: una forma de deshacer por dentro lo que mantenía unida a Europa, con conexión sentimental con Trump y bajo la sombra de Putin. Durante dieciséis años logró algo más inquietante que el mero abuso de poder: convertir el deterioro democrático en trámite, gestión y rutina. Le puso sello, presupuesto, liturgia patriótica y coartada a esa nefasta rutina que duró más de una década. Budapest fue una academia política donde se ensayaba la voladura del proyecto europeo.

Orbán no apeló a la soberanía para reforzar la democracia, sino para librarse de sus límites. La invocó no para proteger al país, sino para erosionar a jueces, medios libres y garantías del Estado de derecho. Lo que estaba en juego en Hungría no era solo un relevo electoral, sino la vigencia de un modelo: la idea de que se podía conservar la legitimidad de las urnas mientras se ahuecaban las garantías legales que sostienen una democracia. Por eso su derrota importa más allá de Budapest. No cae solo Orbán: se afloja una de las tuercas maestras de la internacional del agravio. También se resiente una pieza central de Patriots for Europe, la plataforma impulsada por Orbán a la que se sumó Vox, beneficiada además con 9,2 millones de euros de un banco húngaro próximo a su órbita.

Hay otro síntoma que no conviene ignorar. Trump sigue irrumpiendo en la cristalería geopolítica con la alegría sucia de los pirómanos: ya quema menos, pero tizna más y arma más jaleo. Su cercanía empieza a parecer menos un aval que una carga. Cuando incluso los aliados calculan el precio de la fotografía, lo que se erosiona es su capacidad de arrastre. La marca MAGA ya no garantiza ‘prestigio’ exterior; empieza, más bien, a dejar mancha.

Ahí entra Europa. Y ahí entra también Pedro Sánchez, que ha entendido antes que otros una verdad incómoda: Europa ha pasado demasiado tiempo mirando el parte meteorológico de Washington para saber qué ropa ponerse. El continente ha vivido demasiado tiempo con el auricular pegado al miedo de molestar. Ya va siendo hora de que salga a la calle con su propio clima. No puede seguir leyendo su destino en el contestador automático de Washington ni perderse en su desconcierto. Le toca ordenar su agenda, sus prioridades y sus necesidades.

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Sánchez ha empujado esa vía al defender el multilateralismo y plantarse ante Trump y Netanyahu y ha abierto hueco con su gesto tan valiente como necesario.. Porque quizá de eso iba todo esto: de recordar que la Unión Europea no era solo un mercado, sino un freno civilizado contra la tentación de poner el poder por encima de la ley, el mando por encima del pluralismo y el agravio por encima de la convivencia. Y, de paso, de dejar a Trump hablando consigo mismo al otro lado de la línea.

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