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El burro menos burro

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10.04.2026

El escritor Francisco Umbral en 1992 / L.O

En una carta fechada en enero de 1929, dos jóvenes aventajados de la intelectualidad española, el pintor Salvador Dalí y el director de cine Luis Buñuel decidieron ejercer de niños terribles. El destinatario era el laureado, hipocondríaco e hipersensible poeta andaluz y universal, Juan Ramón Jiménez, premio Nobel de Literatura de 1956. La carta decía así: «Nos vemos en el deber de decirle –sí, desinteresadamente- que su obra nos repugna profundamente por inmoral, por histérica, por cadavérica, por arbitraria. Especialmente: ¡MERDE! Para su ‘Platero y yo’, para su fácil y malintencionado ‘Platero y yo’, el burro menos burro más odioso con que nos hemos tropezado. Y para usted, para su funesta actuación, también: ¡MIERDA!». Como pueden ver, son las mejores palabras que desea recibir un escritor para proseguir con mimo su pulsión creativa en la aventura de la prosa poética. Menos mal que desconocían la dependencia del poeta de Moguer de los opiáceos con los que luchaba para sobreponerse a sus crisis de ansiedad y su melancolía, como muestran estudios recientes (Jonás Sánchez Pedrero, 2025). De un lado, tanto la carta como las últimas revelaciones sobre la mala salud del poeta ayudan a romper estereotipos, resabios del pensamiento mítico que se apoderan de documentos como los libros de texto. Esto está bien, pero ¿hasta dónde debemos llegar en este ejercicio de desmitificación? ¿qué debe hacer un gamberro ilustrado como yo en estos casos?

El filósofo alemán recientemente fallecido Jürgen Habermas, poco dado a mostrar abiertamente los secretos del corazón, nos ha dejado una singular sentencia: «Ningún progreso cambia las crisis de la pérdida, el desamor y la muerte. Nada mitiga el dolor personal de quienes se sienten solos o enfermos». Doy fe de ello. El progreso económico y moral son incapaces de elevar el ánimo del solitario involuntario o el enfermo, porque son –somos- pasto del dolor y el sufrimiento más negro. En este contexto, el pesimismo se puede apoderar con demasiada facilidad de nuestras vivencias y gestos, como si fuera capaz de borrar la sonrisa de nuestro rostro, salvo que nos convirtamos en el Joker de Batman.

En ‘Mortal y rosa’ obra que viera la luz por vez primera en 1975, Francisco Umbral (el seudónimo más celebrado del escritor y pensador autodidacta Francisco Alejandro Pérez Martínez) erige un monumento a la vida. Este poema en prosa está dotado de una «belleza estremecedora» y muestra un diálogo interminable con el hijo muerto (Francisco Pérez Suárez -‘Pincho’-, que falleció de leucemia a los seis años de edad). Es una de esas experiencias críticas cargadas de un dolor inconmensurable que ningún progreso puede calmar, como afirmaba Habermas. Por eso «escalofriante» y «conmovedor» son los acertados calificativos que reserva el poeta Félix Grande a este testimonio sobre la pérdida en el prólogo de una de sus ediciones. El título reproduce un verso rotundo de Pedro Salinas que exalta con deleite la corporeidad y la prodigiosa alquimia léxica de Umbral se traduce en una auténtica cascada de metáforas prodigiosas en cantidad y calidad, equiparables a las del mejor Pablo Neruda.

Escribo desde la fascinación del lector con vocación filosófica que suele desmenuzar desde el bachillerato los textos con fervor analítico y grandes dosis de escepticismo. Y me atrevo a proclamar que Umbral ha conseguido con este libro que me sienta como el experimentado pirata que desentierra con tesón las riquezas escondidas bajo un árbol pelado en un pesado cofre de ribetes dorados, o el científico barbudo y despistado (una especie de ‘doctor Bacterio’ de Mortadelo y Filemón) que duerme a pierna suelta después de arrancar a la naturaleza uno de sus misterios más ocultos. Por otra parte, en ‘Mortal y rosa’ yacen, al igual que en ‘Platero y yo’, las claves de la prosa poética y de los recursos salvíficos de la memoria, con su poder de evocación, banderas que ondean en muchas de las páginas que suelo emborronar.

Umbral transita por las calles de Madrid siguiendo el rastro de su memoria a corto plazo con periódicos y una barra de pan bajo el brazo mostrándonos obscenamente en su libro-diario las huellas de la emocionante crónica de una muerte anunciada, al tiempo que despliega con soltura sus coordenadas metafísicas, éticas y estéticas. El ser, lo bello y lo bueno son, pues, los protagonistas filosóficos de este singular monólogo-diálogo platónico que tanto recuerda a poemas como El mundano de Voltaire. Umbral, que se disculpa varias veces por no estar a la altura de Kant, parte de la convicción de que el pensamiento no tiene más remedio que hacerse desde el cuerpo –como decía Nietzsche-y, si me apuran, desde el sexo, que lo es todo. Y las tres funciones principales de las ‘artes selváticas’, las más amadas por el poeta, son gozar, leer y recitar. Para Umbral, el mayor goce lo suscita Proust; la mejor lectura nos la ofrece Juan Ramón Jiménez, curiosamente; y los poemas de Quevedo, los que conviene recitar persiguiendo la excelencia. En busca de la belleza y de una concepción romántica del arte, junto a la literatura, Umbral da paso a la pintura. Dice que siempre ha procurado vivir cerca de un pintor, prototipo del creador, de la «vida en combustión»: son los «seres más encarnizados con la vida, los que están en el reino de las cosas». Porque es la carne y no el alma el destino del poeta y del pintor. ¿Será por eso que la música no llame a la puerta de Umbral con la misma diligencia? A pesar de su denominación de origen dionisiaca, a Umbral se le escapa la música entre abstracciones, alejada del «reino de las cosas», en su condición de «estilización de algo». La música no huele y el olfato es «la mirada del alma». Prefiere dormir a su hijo en la mecedora y verle crecer, aunque vaya perdiendo la luz al mismo tiempo.

El autor de ‘Mortal y rosa’ practica la filosofía abordando su tema estrella: el sentido de la vida (el ser, lo bello y lo bueno). Con la perspectiva que dan la madurez, gozar, leer y recitar, pero, sobre todo, a través de la muerte de un hijo, Francisco Umbral nos recuerda que la vida, en términos lógicos y empíricos, carece de sentido. Todo es vano, dice el ‘Eclesiastés’, porque nos topamos inevitablemente con la muerte, cara a cara y sin abstracciones. No obstante, nos aferramos a la existencia y no abrazamos el suicidio -máxima expresión de libertad. Aun sabiendo esto, degustamos signos o experiencias vitales con la esperanza de encontrar en ellos un significado. Russell apelaba a la búsqueda del conocimiento y del amor, y la solidaridad con los que sufren. Schopenhauer nos recomienda practicar la compasión, buscar la ascesis y disfrutar de los placeres de los sentidos, de la imaginación y el entendimiento que encierra el arte, como la mejor receta. Otros, como el pensador español Agustín García Calvo, con el que coincido, nos sugieren seguir viviendo «por si acaso». Para Francisco Umbral el sentido y la verdad de la vida está en su hijo, que es sagrado, y su hijo ha muerto. ¿Qué nos cabe esperar? No obstante, conviene recordar que no somos los adultos los que llevamos a los niños de la mano, sintiendo su calor encarnado. Es al revés. Son los niños los que nos arrastran a su mundo, los que nos obsequian con a esa «infancia recuperada», a la que accedemos de ordinario a través de la literatura, al estilo de Rilke y Bataille.

Al igual que Hegel, Umbral nos hace ver lo universal en lo particular, nos hace pensar desde la cotidianidad y con ello ilumina el ser, lo bello y lo bueno y hace que su filosofía sea «practicada». Subraya también la necesaria irrupción de la Historia –así, con mayúsculas- en sentido dialéctico y marxista, huyendo de las artes del coleccionista de hechos empirista y del partidario del protagonismo de los sujetos colectivos encarnados en entidades espirituales. La violencia, la explotación, la reducción del pueblo «a un sueño» y el imperio de la injusticia eran realidades insuperables en 1975 y lo son también en este siglo XXI manchado por la sangre y la destrucción de la guerra. ¿Razón y revolución? Las espadas están en alto.

Pero lo cotidiano es el cuerpo, porque el alma es «la paloma loca que vuela por los ramajes del esqueleto». Umbral llegó a Madrid, al metro, a sus pensiones y mercados, desde Valladolid, para «hundirse en el légamo caliente de la vida». El ciudadano urbanita Francisco Umbral, «razonable, correcto y discretamente perfumado» nos abre las puertas de su pelo, de su cráneo, de su rostro, de su piel blanca, de su vello masculino, de sus manos, de sus pies, de sus ojos –que son espadas-, de su nariz, de su esqueleto y su afán de fornicio. Admira el cuerpo de la mujer «participando del arte como de la vida», de su esfericidad, de sus cavidades húmedas, del olor de su pelo secado al sol, de la magia del post-coito en la silenciosa paz del atardecer.

No obstante, el diálogo con su hijo no nos devuelve propiamente la imagen especular de un libertino o un dandy ibérico, sino la de un estoico seducido por la fama, que prefiere leer a Kant cuando sus amantes se marchan y cierran la puerta. Como el deber por el deber se escanciaba en el artículo diario que publicara en los periódicos más granados de la prensa nacional, entre otras cosas, podemos afirmar que Umbral se presenta como un poeta disciplinado que se empacha fácilmente con el pensar, aunque el dolor del niño hospitalizado que ha perdido la risa profundicen en el caos y en la propia muerte que vive el escritor.

Para Umbral «escribir es ausentarse», por el placer infinito de desaparecer o lo que es lo mismo, de «hacerse transparente», de comunicarse con el mundo. Y leer, un acto creativo, puesto que en el libro realmente no hay nada. Lo único que le importa es que, mientras escribe o lee (a veces con una linterna), su hijo duerme cerca. Sabe que se escribe un libro por vanidad, para sublimar inseguridades, como consecuencia de una ciega pasión creadora o por amor a la verdad. También por amor a la belleza.

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