Las soluciones no avanzan como las balas
Reparto de comida en la Franja de Gaza. / EP
No basta con hacer análisis sobre la realidad, por rigurosos que sean. No basta con lamentarse por todo aquello que va mal y que, de no cambiar, nos llevará al desastre: decenas de guerras, genocidio en la franja de Gaza, avance del fascismo y de la ultraderecha, candidatos deleznables aupados al poder por los votantes, pérdida de valores, casos incesantes de corrupción, aumento de problemas de salud mental y de suicidios entre los jóvenes, aumento progresivo de las diferencias económicas y sociales, xenofobia creciente… Y otros males endémicos que no somos capaces de desterrar: androcentrismo que causa víctimas de forma silenciosa y, a veces, trágica, muerte de mujeres a manos de sus parejas, trabajo infantil, hambre y miseria, matrimonio de menores…
No se puede cerrar los ojos ante la realidad. No se puede mirar para otra parte. Pero, tampoco se puede, una vez hecho el análisis, cruzar los brazos, encogerse de hombros y entregarse a la tristeza y al lamento. Hay que buscar soluciones, aunque sabemos que las soluciones no suelen avanzar como las balas.
Quiero dedicar estas líneas a plantear algunas ideas sobre las posibles soluciones para revertir una tendencia que considero nefasta y para mejorar la convivencia en la sociedad para que sea más justa, más armoniosa y más respetuosa con la dignidad de los seres humanos.
1. Hay que tener en consideración que, además de los males que nos aquejan, muchos de ellos estructurales, existen muchas experiencias ejemplares y muchísimas personas bondadosas, bienintencionadas, solidarias, comprometidas con el bien. Incluso en los tiranos y en los malhechores existe una brizna de esperanza y de anhelo de bondad. Un cruel asesino puede ser un marido amoroso, un padre tierno y un amigo fiel. Y este es un capital maravilloso que tiene la humanidad. No es razonable ver solo los agujeros en el queso. Están ahí, claro está. Pero también y, sobre todo, hay queso.
2. Para mejorar en algo, es preciso tener la esperanza de que esa mejora es posible. Instalarse en el determinismo y pensar que nada puede cambiar, que nada puede mejorar y que al final todo y siempre irá a peor es un obstáculo que inmoviliza e impide cualquier intento de mejora. El pesimismo radical bloquea todos los esfuerzos y aniquila cualquier esperanza.
3. Los seres humanos podemos llegar a consensos sobre el bien y el mal. Podemos negociar que vamos a respetar valores fundamentales de la convivencia, aunque podamos discrepar respecto a las estrategias que son necesarias para desarrollarlos. Podemos acordar que todos los seres humanos, por el hecho de serlo (independientemente de la raza, religión, sexo, género, origen, cultura, lengua o riqueza) son depositarios de una dignidad esencial. Podemos consensuar que son valores fundamentales la libertad, la justicia, la paz, la vida, la solidaridad, la equidad y la igualdad de derechos.
4. La educación es el eje, a largo y corto plazo, de la mejora. Entendiendo que la educación se sostiene sobre dos pilares fundamentales: el pilar crítico (la persona educada sabe pensar, analizar, discernir) y el pilar ético (la persona educada sabe convivir, tiene valores). No se puede confundir educación con instrucción. Porque la persona instruida tiene muchos conocimientos, pero puede estar desposeída de valores y de espíritu crítico. Tampoco se puede confundir la educación con la mera socialización. La persona bien socializada se incorpora exitosamente a la cultura pero si no está educada, no sabe distinguir lo que está bien y lo que está mal en la sociedad. No todo es bueno en la cultura. Hay desigualdad, androcentrismo, inequidad… Y, como no está educado tampoco se ve interpelado para luchar por el bien. La educación nada tiene que ver con el adoctrinamiento.
La educación no cambia el mundo, decía Paulo Freire. Cambia a las personas que van a cambiar el mundo. Las personas educadas saben analizar la realidad, las candidaturas y los programas. Es decir, saben votar con rigor. Y, como tienen valores votan en función de principios, no de intereses.
La educación no cambia el mundo, decía Paulo Freire. Cambia a las personas que van a cambiar el mundo
La educación no cambia el mundo, decía Paulo Freire. Cambia a las personas que van a cambiar el mundo
Por otra parte, cuando esas personas educadas acceden al poder, desempeñan un papel que tiene como regla básica la honestidad. Saben que tienen que servir al pueblo y no servirse de él para enriquecerse.
Estos objetivos se pueden lograr en una escuela pública, laica, antifascista, inclusiva, coeducativa, democrática, colaborativa, abierta y comprometida con los valores. Sin valores no hay escuela.
En esas escuelas han de trabajar las personas más valiosas de un país ya que van a realizar la tarea más complicada e importante: formar ciudadanos y ciudadanas para una sociedad democrática, no súbditos para el poder ni clientes para el mercado.
5. Creo que esos ciudadanos y ciudadanas preparados para vivir en democracia tendrán conciencia política. Somos seres políticos. Deberíamos serlo. No me gusta que las personas digan: «no quiero saber nada de los políticos» o «yo no entiendo de política» o «todos los políticos son iguales (igualmente malos)»… La descalificación de la clase política es antidemocrática, a mi juicio. Lo cual no quiere decir que puedan hacer lo que quieran, que no se les vaya a exigir honestidad y cumplimiento íntegro de lo que han prometido en sus programas electorales.
La implicación en la política no se produce solo en las elecciones. Existen también obligaciones entre una urna y otra. La de estar informados, la de elevar la voz, la de agruparse para la denuncia o la exigencia, la de estar atentos a lo que pasa, la de cumplir con los deberes ciudadanos… Los políticos no son nuestros amos, son nuestros empleados. Tenemos el deber de exigirles, de controlarles, de enmendar sus yerros como guardianes del bien común. He aquí una cuestión clave: el bien común. Porque el gobernante ha de gobernar para todos, no solo para los suyos.
Los políticos no son nuestros amos, son nuestros empleados. Tenemos el deber de exigirles, de controlarles
Los políticos no son nuestros amos, son nuestros empleados. Tenemos el deber de exigirles, de controlarles
6. Creo que, además de educación, tiene que haber regulación. Una regulación democrática y poderosa. No se puede dejar cabalgar al mercado a sus anchas con plena libertad mientras genera cada día más injusticias y desigualdades… Tampoco se puede dejar en plena libertad a los grandes grupos tecnológicos y financieros que solo buscan el enriquecimiento ni a los medios de comunicación que difunden bulos, fake news y todo tipo de infundios. La IA no puede campar a sus anchas en manos de poderes económicos que dan la espalda a cualquier exigencia ética.
7. Hay que reforzar el poder de los organismos internacionales, como la ONU, la justicia internacional, el orden mundial. No puede un país poderoso invadir, anexionarse o amenazar a otro impunemente.
Para que en el mundo no impere la ley de la selva hay que consensuar unas normas justas que nadie se pueda saltar a su antojo.
8. Hay que trabajar para que existan estrategias para gobernar. No es igual que gobiernen unos o que gobiernen otros. Creo que es un deber luchar para que no avance el fascismo. Y para ello hay que buscar estrategias para que gobiernen partidos verdaderamente democráticos.
Por eso me parece excelente la idea de Gabriel Rufián y de Emilio Delgado para conseguir aunar los esfuerzos en aras de la unidad de la izquierda a la izquierda del PSOE. Hay que organizarse para ganar.
9. Creo que uno de los problemas que hoy nos aquejan es la falta de un diálogo sereno. Sobran insultos, descalificaciones y odio. Hace falta un diálogo constructivo en la búsqueda por el bien común.
Sobran chantajes en las alianzas y en las votaciones: si no me das esto, no voto a favor de esta ley, voto en contra a pesar de que la ley favorezca a la ciudadanía.
Alguna vez he propuesto que la oposición debería llamarse alternativa porque se puede comprobar que muchas veces la oposición se entiende como la obligación de llevar la contraria al gobierno en lugar de exponer la alternativa a sus medidas para la búsqueda del bien común. La oposición no debería oponerse en todo aquello que favorezca los intereses de los ciudadanos.
10. Creo que la ejemplaridad de cada ciudadano y de cada ciudadana es un granito de arena en la construcción de un sociedad mejor. Existe un peligro en la sociedad que es muy pernicioso. Consiste en que cuando aparecen casos de corrupción en la cúpula del poder se produce lo que me gusta llamar «efecto cascada»: cada uno en su nivel está invitado a hacer lo mismo. Es decir que quien tenga la oportunidad de enriquecerse lo haga procurando que no le pillen.
Quiero traer a colación el pensamiento del presidente J.F.Kennedy: «No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país». Por eso me gusta este lema que me ha acompañado toda la vida. «Que tu país (tu comunidad autónoma, tu ciudad, tu barrio) sea mejor porque tú vives en él». Hay que poner en marcha las soluciones, aunque no avancen como las balas.
