La relación profesor/alumno, patrimonio común de la humanidad
Profesor y alumnos durante una clase / La Opinión
La estupenda revista portuguesa a Página da Educaçâo en la que vengo publicando un artículo desde hace muchos años y que editó con algunos de esos artículos el libro ‘El árbol de la democracia’, ha dedicado el último número (226, año 2025) a la relación profesor-alumno, como patrimonio común de la humanidad. Una relación que se ha dado, se da y se dará en todo, tiempo, lugar y cultura de la historia.
Esta revista, que es, a mi juicio, un dechado de calidad por su contenido, línea editorial, maquetación, ilustración, soporte de papel couché, extensión (el número 226 tiene 112 páginas), edición y periodicidad inexorable, inició en el año 2018 un proceso para conseguir que la Unesco declare la relación profesor-alumno como patrimonio común de la humanidad. Una empresa cargada de emoción, de sentido y de grandeza. De emoción porque esa relación tiene componentes afectivos. Los alumnos aprenden de aquellos docentes a los que aman. No hay aprendizaje relevante y significativo si no existe una disposición emocional hacia el aprendizaje. Dice Emilio Lledó que la profesión docente gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a los que se enseña. De sentido porque esa relación constituye el eje de la tarea educativa. Dice Herbert Wells que la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe. Es esa relación enriquecedora, persistente y respetuosa la que hace posible el aprendizaje de conocimientos y de valores. La educación hace con las personas lo que la primavera hace con los cerezos. De grandeza porque constituye un acto de reconocimiento a la importancia que tiene el profesor en el proceso de formación de sus alumnos y alumnas. A mi juicio es la profesión más importante que se le ha encomendado al ser humano en la historia: trabajar con la mente y el corazón de las personas.
El proceso se interrumpió a causa de la pandemia del Covid y se reanudó en el año 2023. En dicho número de la revista, escribe sobre el tema la actual directora Manuela Mendonça, que desea que la revista «se convierta en una plataforma de reflexiones y de testimonios para divulgar el proyecto y para profundizar el debate sobre la naturaleza única de la relación profesor-alumno». Isabel Baptista, que pertenece al Consejo asesor, dice en su artículo que «la enseñanza se asienta en una alquimia relacional única». David Edwars, secretario general de la Internacional de la Educación apuesta por la unidad de todas las fuerzas para alcanzar el éxito en este empeño, especialmente necesario hoy dada la crisis mundial de escasez de docentes marcada por la falta de 50 millones de profesores. Mario Nogueira, profesor Asociado de la Universidad de Concepción (Chile) habla de la necesidad de reconocer y valorar el trabajo de los profesores. Mi admirado y querido Antonio Nóvoa da en la clave al reivindicar la vitalidad, la dignidad y la autoridad del docente. En otra sección de ese mismo número se aborda por diversos autores y autoras el tema ‘Educador-educando, una alquimia única’.
Estas opiniones personales han tenido su altavoz en la gestión del sindicato de profesores FENPROF (Federación Nacional de Profesores de Portugal) y en la Cumbre Mundial sobre Docentes celebrada en la ciudad de Santiago los días 28 y 29 de agosto de 2025 organizada por la UNESCO y por el gobierno de Chile en la sede de la CEPAL La Cumbre estuvo enfocada en abordar la crisis global de la escasez de profesores y en revalorizar la profesión docente.
La idea me parece magnífica, necesaria y urgente. Es un modo de reconocer, fortalecer y potenciar la tarea tan compleja, importante y delicada que es la educación que pasa por esa poderosa relación entre el educador y el educando. Relación que se hace cada día más necesaria e insustituible ante la aparición de fenómenos tan potentes como la inteligencia artificial generativa. Ni chatGPT ni la IA pueden sustituir ese vínculo personal que se establece entre el profesor y el alumno. Enseñar no es solo una forma de ganarse la vida; es, sobre todo, una forma de ganar la vida de los otros.
La relación profesor-alumno no es asimétrica. Quise mostrar la condición simétríca de esa relación en el título de mi primer libro: ‘Yo te educo, tú me educas’, publicado en 1982 por la editorial Zero Zyx. Este libro, que tuvo una segunda edición corregida y aumentada en la editorial Sarriá de Málaga en 1999, fue traducido al portugués por la editorial ASA en 2002 con el título ‘Uma pedagogia da libertaçâo. Cronica sentimental de uma experiencia’.
No me gustan las metáforas de la educación que subrayan la concepción pasiva del alumno. Por ejemplo, la del escultor que moldea el barro a su gusto sin que el material tenga ninguna iniciativa o respuesta. O la de la máquina que arrastra a los vagones. O la del árbol que planta, cuida, poda y riega el jardinero… El poeta alemán Holderlin utiliza una hermosa metáfora para hablar de la educación: los educadores forman a sus educandos, como los océanos forman a los continentes, retirándose. Lo que le piden los alumnos a los profesores es lo siguiente: ayúdame a hacerlo solo.
En el año 2023 publiqué ‘Las emociones de la profesión docente’, libro que está prologado por Chis Oliveira alumna mía de bachillerato. El primer capítulo de ese libro está dedicado a las emociones que proceden de la relación con los alumnos y las alumnas.
Mi querida amiga mexicana Ana Quezadas me ha propuesto que escribamos un libro sobre la influencia decisiva de los profesores y las profesoras en la vida de sus alumnos y alumnas. Hemos hablado de contar la experiencia docente de personajes célebres: La relación de Platón con Aristóteles, de Andrea de Verrocchio con Leonardo da Vinci, de Johann Sebastian Bach con Philipp Emanuel Bach, de Ernest Rutherford con Niels Bohr, de Ezra Pound con T. S. Eliot, de Albert Camus con el señor Germain, de Simón Bolívar con Simón Rodríguez… También hemos pensado en exponer casos de personas que no han adquirido notoriedad alguna. Es seguro que nos encontraremos con un número de casos inabarcable, casi infinito.
Dice Daniel Pennac en su estupendo libro ‘Mal de escuela’: «A mí me salvaron la vida tres profesores que tenían una característica común, nunca soltaban a su presa». Obsérvese que no dice que le salvaron la asignatura o el curso, dice que le salvaron la vida.
Jaume Cela escribió hace años un hermoso libro que se titula «Nadie olvida a un buen maestro». Es un libro sobre el tema del que me estoy ocupando en este artículo: la relación profesor-alumno. Una relación cuyo componente esencial es de naturaleza afectiva. Lo esencial es la forma en la que el maestro escucha, el respeto que transmite, la pasión por enseñar, la confianza que deposita en los alumnos. Explica el autor cómo un buen docente influye en la construcción personal de sus alumnos. Un buen maestro deja una huella duradera porque ayuda a formar personas, no solo a transmitir conocimientos.
En una de mis clases de la Facultad les pedí a mis alumnos y alumnas que escribieran el nombre del profesor o de la profesora que más les hubiera marcado en la vida. Daba igual el nivel, o la asignatura en que se hubieran encontrado. Daba igual también que fuera hombre o mujer y la edad que tuviera. Después les pedí que escribiesen ¡al lado del nombre el porqué, es decir los motivos por los que había tenido esa influencia tan importante. Fue interesante comprobar que todos los motivos que mencionaron pertenecían a la esfera emocional: «yo le importaba», «me quería», «me escuchaba», « se preocupaba por mí», «me trataba con respeto y cariño», «me aconsejaba», «me orientaba»… En ningún caso mencionaron lo mucho que sabía..
Dada la importancia de la tarea educativa y la naturaleza del vínculo es preciso elegir para la profesión docente a los mejores ciudadanos y ciudadanas de cada país, no a quienes no valgan para otra cosa. Por otra parte habrá que formarles en las competencias relacionadas no solo con el saber y el saber hacer sino con el saber sentir y saber ser.
Mi admiración, reconocimiento y gratitud hacia esta legión de salvadores de la humanidad, me impulsó a escribir un libro en la Editorial Homo Sapiens titulado ‘Un ramo de flores para los docentes del mundo’. Esta profesión está llena de ricas sementeras y también de cosechas generosas. En el Colegio Japón de la ciudad chilena de Antofagasta, una maestra que había leído el libro me entregó en gesto de agradecimiento el año pasado un ramo de flores formado con los ocho colores que utilicé para dar estructura a mi obra. En ninguna otra profesión se da más y en ninguna se recibe más.
