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Prisioneros de la pantalla

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15.03.2026

Menores con los teléfonos móviles. / El Periódico

Vivimos de espaldas a los demás. No de manera brusca, no con el rechazo abierto de quien cierra la puerta en la cara, sino con la sutileza silenciosa de quien baja la mirada hacia una pantalla. Así, poco a poco, la sociedad occidental ha ido perfeccionando el arte de estar juntos y solos al mismo tiempo. El individualismo ya no es una postura ideológica: es la arquitectura invisible de nuestra vida cotidiana. La tecnología ha sido su gran cómplice. No su causa, conviene matizarlo, pero sí el instrumento que lo ha llevado a su expresión más absoluta. Nunca antes había sido tan fácil no necesitar a nadie. Las aplicaciones nos entregan la comida, las plataformas nos entregan el entretenimiento, los algoritmos nos entregan la opinión convenientemente empaquetada. La existencia se puede organizar, casi por completo, sin rozar a un ser humano. Y lo que al principio pareció libertad empieza a parecerse, cada vez más, a una jaula muy cómoda.

Quienes más la habitan son los adolescentes. Una generación que ha crecido con el móvil como extensión del cuerpo, que ha aprendido a relacionarse a través de filtros y a medirse en métricas de aprobación colectiva: los likes, los seguidores, la viralidad efímera. Son jóvenes que aún están construyéndose por dentro, que necesitan del roce, del conflicto, de la mirada real del otro para forjarse una identidad. Y, sin embargo, se les ha entregado un espejo distorsionado y se les ha dicho que ahí está el mundo.

Platón lo vio venir, aunque sin saberlo. En su célebre mito de la caverna, describía a unos prisioneros encadenados que tomaban las sombras proyectadas en la pared por la única realidad posible. Nunca habían salido, nunca habían visto la luz del sol; sólo conocían los reflejos. ¿Acaso no es esa la descripción exacta de un adolescente que construye su autoestima sobre una imagen retocada, que vive más pendiente de lo que publica que de lo que siente, que confunde el aplauso digital con el afecto verdadero?

Las consecuencias son visibles y preocupantes. Los índices de soledad, ansiedad y depresión entre los jóvenes no han dejado de crecer en la última década. No es casualidad: cuando la realidad no puede competir con la perfección de la pantalla, la realidad siempre pierde. Los amigos de carne y hueso son lentos, impredecibles, a veces decepcionantes. El mundo real no tiene opción de editar ni de borrar. Y esa brecha entre lo que la tecnología promete y lo que la vida ofrece genera una frustración sorda, una tristeza que muchos jóvenes no saben ni nombrar.

Pero hay salida. Platón también nos la mostró. El filósofo que sale de la caverna no lo hace por decreto ni por obligación: lo hace porque algo en él intuye que las sombras no bastan. Hoy esa salida se llama desconexión voluntaria, se llama conversación sin pantallas de por medio, se llama aburrimiento fértil y tiempo sin rellenar. Se llama, en definitiva, volver a los otros.

No se trata de condenar la tecnología ni de caer en una nostalgia estéril. Se trata de recuperar la conciencia de que la pantalla es una herramienta, no un destino. De enseñar a los más jóvenes, y de recordarnos a nosotros mismos, que la vida ocurre en el cuerpo, en el espacio, en el tiempo compartido. Que el otro, con toda su incomodidad y su imperfección, es irreemplazable. Que las sombras, por muy nítidas que sean, nunca serán el sol.

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