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Objetivo selene: fantasía y realidad

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Aamerizaje de la cápsula Orion, con la tripulación de Artemis II / Bill Ingalls / EFE

Guillermo Jiménez Smerdou (1927-2026)

El 21 de julio de 2019 se conmemoró el 50 aniversario de la llegada de un ser humano a la Luna al poner el astronauta Neil Armstrong el pie sobre su superficie. Fue posible hacer realidad esta quimera, largamente sostenida a lo largo de siglos, gracias a la revolución tecnológica operada durante la primera mitad del siglo XX. Lejos queda aquella pretensión de Don Lope de Vega que el 17 de agosto de 1787 escribía desde Londres al Conde de Floridablanca: «Me alegraré saber cuanto antes cual es la voluntad del Rey y si es de su Real agrado disponga yo aquí una expedición de globos [aerostáticos] para que vayan por el aire; pues siendo tan diestros en el arte de dirigir estas máquinas nos enseñarían seguramente este secreto porque son muy tratables, y atentos, y están muy reconocidos a la buena acogida que se les ha hecho en esta Isla. El Rey podrá gloriarse con su ayuda de ser el primer descubridor del territorio de la Luna, y cuando resuelva tomar posesión de aquel vasto continente pido a V. E le recuerde mis servicios para el empleo de Virrey de aquel hemisferio, que será como un apéndice para el Imperio Español».

También nos quedan lejos las expresiones literarias y cinematográficas de aquella utopía en el corto de Georges Méliès «Le voyage dans la lune» (1902) y en la película «Frau im Mond» rodada por Fritz Lang y estrenada en Berlín el 15 de octubre de 1929, con guión del propio Lang y de su talentosa mujer Thea von Harbou. Thea, un año antes, había publicado una novela con el título «Frau im Mond» (La mujer en la Luna) elevando a la categoría de referente el hecho de participar una mujer en aquella aventura. En la película, esa mujer, Friede Velten, una estudiante de astronomía fue interpretado por la actriz Gerda Maurus. Las secuencias finales tienen un tono algo folletinesco: ante los problemas suscitados para retornar la expedición Wolf Helios (Willy Fritsch) enamorado de Friede se deshace con un gesto noble de Hans Windegger (Gustav von Wanggenheim), su prometido y decide permanecer en la Luna, descubriendo que Friede ha tomado la misma decisión.

Para niños y adolescentes de mi generación dos filmes de ciencia ficción nos permitieron vivir tan fascinante experiencia: «Con destino a la luna» (Destination Moon, 1950) y «De la tierra a la luna» (From the Earth to the Moon, 1958). El primero fue estrenado en el cine Alcázar en las Navidades de 1953. Como se trataba del desarrollo de una empresa de gran envergadura pasó desapercibida la práctica ausencia de mujeres en el reparto. Sorprendía ver a los cuatro astronautas (Jim Barnes, Dr. Charles Corgraves, General Thayer y Joe Sweeney) vestidos con trajes de colores, los del parchís, para facilitar su identificación lunar. Les vimos sufrir los efectos de la aceleración y de la ingravidez, combatida ésta usando unas botas con imanes; nos emocionamos con el inquietante paseo espacial para reparar una avería y el accidente y posterior rescate del astronauta que había perdido la conexión con la nave quedando libre en el espacio, y sufrimos cuando, al no disponer de suficiente combustible para regresar, se vieron obligados a descargar la nave de objetos, incluida la radio. Como aún era necesario reducir algún peso asistimos a la heroica decisión de uno de ellos de quedarse en la luna, resuelto finalmente con dejar sólo su traje en una maniobra algo cómica.

«De la tierra a la luna» fue estrenada en el cine Andalucía el 18 de enero de 1968 cuando el proyecto lunar Apolo XI estaba a punto de convertirse en una realidad. Una historia que, aunque basada en la novela del mismo título de Julio Verne, se distancia en múltiples aspectos. Uno de ellos fue la introducción del personaje femenino Virginia Nicholl (Debra Paget), hija del villano Stuyvesant Nicholl (George Sanders), que queriendo compartir el destino de su amado Ben Sharpe (Don Dubbins) se introduce subrepticiamente en el cohete Columbia y vivirá las incertidumbres de la aventura espacial. En un momento crítico del viaje, el científico Victor Barbicane (Joseph Cotten), el cuarto viajero, le dice: «Virginia, si regresamos vivos a la Tierra y hubiese más viajes después de éste insistiría en llevar siempre una mujer entre mis pasajeros, nos infundiría valor».

En estos días, en los que revolución tecnológica ha alcanzado cotas difícilmente imaginables, asistimos a la ejecución de la misión Artemis II y por primera vez una mujer, Christine Koch, a bordo de la nave Orión ha orbitado la Luna.


© La Opinión de Málaga