La patria
Una casa donde envejecer / l.o.
Madrugo al feroz día del hombre (la vida puede parecer muy larga de repente). Uso luego mis horas en construir caminos saturados de vacío (se le va a uno la existencia haciendo los deberes), y en los resquicios vuelvo a tejer el pan de la palabra, a buscar en el poema, en la columna, en todo cuanto escribo, aquella ternura del olor de sus manos en mis manos. Tengo muy claro que ahí está mi patria, en esas manos de mujer, y también en este amanecer en el que solo yo estoy despierto en la casa, en esta madrugada en la que aún no abro las cortinas y dejo que el silencio, ese silencio como de bosque ardido que suele tener la penumbra, siga prendido.
Desde niño me propuse buscar una casa donde envejecer, un lugar donde morir al sol de la memoria. Es una tarea que ha de hacerse con prudencia, calculando con pericia la sombra en el jardín, la calidez de las estancias, si ladran a menudo los perros del vecino. Hay que sentirse, al llegar por vez primera, como quien vuelve del exilio. No es preciso, sin embargo, que sea un lugar de belleza desbocada. Basta un sitio donde ser inquilino de tu soledad no sea una derrota, sino una indulgente forma de reconciliación.
Y luego, ya más despacio, aprender a creer en la mirada devota de mi perro, en la compasión maternal del agua, en la vez aquella que vi la mano abierta del mar. A creer en que la luz siempre está desnuda y que el silencio camina descalzo. En lo que pudo haber sido, en la biografía que tendría de haber aceptado aquella sonrisa, aquella promesa.
Y un día, mientras camina el blues en la voz de Big Bill Broonzy sobre la última claridad del día y queda, en lugar del sol, un acorde, vibrante como agua recién vertida, entenderlo todo, entender que la patria es una canción que no sabe pisar el suelo y se alza, vertical, para decir lo mismo que la luz fatigada de la tarde.
Pronto, sí, bien pronto decidí que ahí estaría mi patria, no en eso que otros gritan entre vítores y sonidos de guerra, esas patrias de machotes dispuestos a matar y morir. Mi patria (que coincide tantas veces con mi idioma, con mi forma de decirlo, con la manera que tiene mi gente de llamar a las cosas importantes), no es un lugar que defender porque no puede ser conquistado. Es una luz, una forma de esperanza, de alegría, de encontrarse con los otros. No quiero patrias con pinta de soldado, fusil en mano, barbilla al cielo. Mi patria es una mujer que al caer la tarde canta, muy bajito, una nana.
