El refugio |
Unas biblioteca / Jordi Otix
Todo es fragor en estos días. Mi ciudad, esta ciudad del sur que habito y que me habita, se llena de tambores, cornetas, tronos, gente por todas partes. Lo retrató en ‘Semana Santa’ el inclasificable poeta que respondía al nombre de Manolito el Pollero, que comenzaba el poema diciendo «Jueves Santo,/ Viernes Santo:/ duelo y llanto./ Tanta aflicción es de espanto», y lo terminaba «muchos,/ muchos,/ muchos,/ muchos/ ¡¡cucuruchos!!».
Alérgico como soy al ruido y a la muchedumbre, me atrinchero en mi modesta biblioteca, que en realidad no es más que un cuarto que he ido acomodando a mí con los años. Repleto de libros y objetos, mi hermano Rafael Maldonado dice que es la representación física de mi cerebro o, más concretamente, del contenido de mi cerebro. Si uno se ha entregado a ella lo suficiente, una biblioteca acaba siendo un modo de retrato.
Hace unos años el escritor Jesús Ortega me pidió una foto y un texto de este lugar para un libro que estaba escribiendo, ‘Proyecto escritorio’. Allí ya hablaba yo del parecido, del mimetismo: «Y aquí es donde encuentro cuando no busco, aquí, en este espacio que se ha ido construyendo a sí mismo poco a poco, a la manera del rebalaje, de la orilla, lo que se parece mucho, ahora me doy cuenta, a mi forma de escribir, a mi modo de afrontar la creación literaria. A la derecha, justo a la altura de la mano, están los diccionarios. Siempre me gustó consultarlos al azar, cazar en ellos alguna palabra y paladearla despacio. A la izquierda hay una ventana que da a un patio donde crece, salvaje, una buganvilla de flores púrpura. Y enfrente, en la pantalla, suelo estar yo o, más exactamente, lo que de mí voy averiguando mientras escribo».
Al final no salió mi texto en el libro, seguramente porque no soy lo bastante buen escritor o lo bastante reconocido, o las dos cosas, pero aquella petición me sirvió para pensar un rato en el lugar donde hago lo que más me gusta hacer, leer.
La mayoría de los escritores somos, sobre todo, lectores. Me acuerdo ahora de mi amigo Rafael de Cózar, que murió defendiendo su biblioteca de un incendio. No pudo salvarla y murió en el intento, en una imagen que se parece mucho a la del capitán del barco que se hunde con su nave. Pero decía que los escritores somos, fundamentalmente, lectores. De Cervantes se cuenta que tuvo a su alcance un millar de libros, y que los leyó con aprovechamiento.
En este espacio donde leo y escribo he calculado, grosso modo, que habrá unos cuatro mil volúmenes. No todo es literatura. Hay viejas enciclopedias (siempre las he amado), muchos diccionarios (imprescindibles todos), libros de arte (fotografía, pintura…), y manuales diversos (desde recetarios a uno de papiroflexia). Todos me sirven para la paz, ahora que todo es guerra. Finalmente he comprendido que una biblioteca es un refugio.