Un jornal por la democracia |
Un jornal por la democracia
La Junta actualizará el pago que reciben los miembros de una mesa electoral. De 65 pasan a 70 euros. Ahí veo yo a los sindicatos despistados: hay que exigir también bocata y lata de cervecita sin o de Coca Cola. Ya mismo es el sorteo y para unos es una lotería inversa, para otros un incordio y no falta quien lo ve como una gran experiencia. La cosa es que hay que estar todo el santo día, claro. La fiesta de la democracia cae en domingo siempre y ahí te ves, desde las ocho de la mañana a las diez de la noche, comprobando si Fulanito lleva el DNI, si Menganito ha votado dos veces y si la monja que ves en la cola y que quiere votar a Pablo Iglesias no va a ser la anécdota de la jornada.
Si a uno lo llaman, espera, claro, una jornada sin sobresaltos, poder volver diciendo el interventor de Vox era majo y al del Partido Comunista Humanista del Sur no lo ha votado su mujer, que es notaria en un pueblo de Badajoz pero le gusta mucho venir por aquí. Hay quienes opinan que las elecciones son una cosa cara a lo que siempre hay que responder que son las dictaduras las que resultan baratas, si bien el coste en derechos, libertades y vidas suele presentar un balance negativo. Lo más delicioso de las elecciones son las excusas que algunos presentan para no acudir en caso de ser llamado a una jornada electoral, a una mesa. Una vez un tribunal anarquista en la Guerra, en Madrid, estaba efectuando juicios sumarísimos. Cuando llegó la hora de un infortunado enflaquecido y tristón el rudo presidente del tribunal le preguntó que a qué se dedicaba. Dijo: soy poeta lírico. Al anarquista le hizo tanta gracia la respuesta (qué curiosos son los mecanismos psicológicos) que estalló en una carcajada y le dijo: tú lo que eres es gilipollas, anda, lárgate. Cuando llegó a su casa, su mujer y su hija estaban tiñendo ropas blancas de negro. Lo recibieron con alegría pero como si vieran a un fantasma.
No hay comparación entre comparecer en un tribunal represivo y comparecer en una mesa electoral, claro. Pero la excusa está ahí, pendiente de que alguien la rescate. Se aduce que uno trabaja o que tiene guardia o que ha de cuidar a su cuñado o que se está enfermo. Pero qué hay de esas ocupaciones inaplazables pero poco demostrables: oiga, mire yo no puedo ir a una mesa porque tengo una imperiosa necesidad de acabar un soneto que le estoy haciendo a la primavera y creo que la inspiración está llegando y puede tenerme ocupado todo el día. La respuesta a tal excusa casi nunca es la libertad. Somos poco creíbles. Escasamente líricos.
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