Reporterismo y pampurrios
Oriana Fallaci / L.O.
Lunes. Ateneo. Enric González e Irene Hernández Velasco, moderados por Agustín Rivera, dialogan sobre Oriana Fallaci (1929-2006), la gran Fallaci, mítica, célebre y libérrima periodista italiana que entrevistó a grandes líderes y jefes de Estado siempre desde la honestidad, aunque sin renunciar a proclamar su ideología. Cronista que se estudia en las facultades. El gran Enric González (Historias de Nueva York) deja en el salón ateneista un reguero de frases, un lapidario periodístico glorioso: «A Fallaci nunca le pillaron una trola; a Kapucinski, sí». «El mejor periodismo, y casi el único ahora, está en los libros». «Los medios ya no molestan a nadie. Si un medio molesta a los poderosos, los poderosos se compran ese medio. Una vez comprado, ya subsite adaptado». Velasco (El Confidencial, muchos años corresponsal en Londres y Roma) coincide en que Maruja Torres sería quizás ahora la periodista más parecida a Fallaci. Les pregunto si creen que, por sus últimos trabajos muy críticos contra el Islam y los árabes, puede quedar postergada y estigmatizada por ciertos sectores o si es eso precisamente lo que la va a engrandecer. Enric González me contesta proclamando que espera «que no se convierta en una profeta». Una vez, el director anticomunista de un periódico anticomunista para el que trabajaba, la mandó a cubrir un mitin de Palmiro Togliatti, entonces secretario general del Partido Comunista Italiano. Ve y lo pones a caldo, vino a decirle su jefe. Se negó. No voy, y si voy, reflejaré lo que pase y yo vea, lo que diga. Espectacular. Respecto a la actual práctica del periodismo, ambos coinciden en que se sale poco. Velasco: «Yo tuve un jefe que cada vez que le decía que no tenía un tema me decía que subiera al autobús un buen rato. Lo hacía y siempre volvía con alguna historia». «Hay que ir a la calle, salir, salir», certifica.
Martes. Paseo de buena mañana por la Alameda, donde está instalada la Feria del Libro Antiguo. Algunas casetas aún no han abierto. Pasa un señor hablando con su perro, al que llama ‘Barrilito’. Barrilito, no te mees en ese árbol, hombre que vas a salpicar a ese señor. Ese señor soy yo, señor que duda si esperar a que abran los puestos o no. El caso es que el día anterior pasé por aquí y vi un libro apetecible pero no llevaba dinero encima. O no llevaba ánimo para tirar de tarjeta. Ahora sí tengo dinero y ánimo pero no está el libro a la vista ni abierta la librería que lo vende. Dónde habrá meado barrilito. Hay colecciones que siempre están en las ferias del libro antiguo, debieron ser un fracaso absoluto o quizás la tirada fue hiper excesiva. Me emociona ver a la venta un suplemento, un número especial, como para coleccionistas, de un diario, ‘El Sol del Mediterráneo’, que se editó en los noventa y que dirigió mi señor padre. Tenía su rotativa y redacción en una amplia y luminosa nave en el Polígono Guadalhorce. No confundir, aunque estaba en su estela, con ‘Sol de España’, que se editó desde 1967 hasta 1982. Ceno escarola.
Miércoles. No sabe uno cómo no llegó antes al Diccionario de Palabras Olvidadas, que hace ya años editó la Biblioteca de Burgos con la aportación de cientos de personas. Aguzador: quien saca punta de un comentario. Almorcar: embestir con los cuernos. Gabrieles: garbanzos cocidos un poco duros. Pampurrio: malestar agudo. Y así, miles de palabras. Verás tú que meto alguna de estas en una conversación. Palabras olvidadas, sí. Esperando la resurrección. Refitolero: entrometido y amanerado.
Jueves. La lata de atún es el centinela de la nevera.
Viernes. Me doy un garbeo por si me topo con algún famoso del Festival de Cine. Lo máximo que consigo toparme es un vecino dicharachero con el que transito un trozo de alfombra roja por la calle Larios. La ciudad esplendorosa, las terrazas llenas, bullen las calles interiores también y el mediodía se abre incitador. Mirar por el gusto de mirar. Andar y tratar de observar con ojos nuevos los escenarios de siempre.
