Garbeo procesional |
Jesús Cautivo / Álex Zea
Tiene también su encanto perderse por las calles sin entender nada. Ni pretenderlo. Parar en una esquina, observar indumentarias, rezos, poses. Mirar el esfuerzo de un hombre de trono, paladear la riqueza escultórica de un trono. Meditar viendo una faz llorosa de Virgen que procesiona en mitad del silencio. Se topa uno con un puesto de limones cascarúos y vienen recuerdos de la niñez. Hay un encuentro inesperado con una amigo, que propone caña y croquetas. No decide uno el itinerario, se deja llevar, la multitud lo arrastra. Se divisan vallas que dividen al pudiente del viandante. Un hombre mira un itinerario de papel y su (¿sobrino, hijo?) lo instruye con una aplicación de móvil. Les pasa el trono por delante pero están escrudriñando la pantalla.
Dos señoras discuten sobre cuál es o no es ese Cristo. «Vengo del Sepulcro», afirma alguien cerca de mí. Vaya frase. Pudiera ser un zombi o un resucitado o un enterrador. Las frases adquieren según la ciudad y el acontecimiento, significados inopinados. El Jueves Santo es el único momento en el que uno no teme que la Legión vaya hacia él. Cosa distinta sería en un campo de batalla.
Abro el móvil y leo a un majareta que desprecia la Semana Santa andaluza no entendiendo nada y clasificando tal manifestación de religiosidad, arte y espíritu popular en un afán encasillador con trazas supremacistas.
En un bar, la tele local emite imágenes de Antonio Banderas. Banderas tiene dobles por toda la ciudad que se multiplican y que astutamente, como un zorro, están en casi todas las partes desafiando las leyes de la movilidad y la ubicuidad. En una esquina un señor reconviene con aire profesoral a unas adolescentes de acento foráneo que han dicho «costaleros». Aquí son hombres de trono, hombre, asevera el profesoral con una frase que hiere el aire nuevo de primavera y tarde larga. Alguien habrá en una casa pronunciando la frase mágica: «Llévate la rebequita por si acaso». La rebequita engloba ya a la americana, al jersey, la cazadora leve. No sabemos si al fachaleco. Me gustaría meter en esta crónica a una madre con un bocadillo y un botellín de agua para su hijo, que se estrena saliendo en procesión, pero no la veo, veo a alguna con más cara de mi niño este año prefiere jugar a la Play. Un radiofonista intenta meterle el micro a un hermano mayor. No oigo lo que dice pero me da por fantasear con que el hombre se lía y dice «el fútbol es así, no hay enemigo pequeño». Trato de doblar una esquina pero la esquina está dura como el pedernal y casi colisiono con un grupo que comenta «si se ve mejor por la tele». Hay un chiquitillo que se agarra a la pierna de su padre y se dobla como si tuviera ya los riñones doloridos. Ese niño está fabricando un dolor y un recuerdo. Tal vez su progenitor también treinta años atrás se agarró a la pierna del autor de sus días, se dobló y clamó clemencia y deseó que el coche estuviera aparcado cerca.
Imagino la llegada a casa de un nazareno, la ceremonia del desviste, la ducha, el caldito o la cerveza reconfortante y el encame, el cansancio luchando contra la adrenalina, la almohada decretando el empate entre ambos. Un vendedor ambulante pregona sus almendras en alejandrinos y los ficus en la Alameda hacen aspavientos. Quisieran decirnos todo lo que ellos han visto.