Comemeriendas
Aclare de melocotoneros, que también tienen su aquel, en Murcia. / Marcial Guillen
La comemeriendas es una flor rosácea o lila que se ve en otoño y que anuncia el cambio de estación, el acortamiento de los días. Se parece al azafrán, pero es tóxica. En algunos lugares también la conocen como ‘ahuyenta pastores’, dado que su aparición indicaba a los pastores que debían regresar antes a casa. Sin merendar en el campo.
La tarde en la que escribo he aprendido la palabra comemeriendas. No sé qué tal habrá ido su mañana.
De repente uno cae en la cuenta, desasosegante, de que ha vivido unas cuantas décadas ya en la absoluta ignorancia de que existían las comemeriendas y que como término delicioso, compuesto, gracioso y descriptivo yo tendría que haberlo incluido ya en un texto o conversación.
A saber las miles de palabras que aguardan tímidas, indiferentes, timoratas o gallardas a que yo las conozca e incluso las emplee. Puede incluso que haya palabras que uno conociera un día de hace años, quedara maravillado por ella, la empleara y luego la olvidara.
Ya conozco el término, comemeriendas, ahora me falta conocer lo que designa, o sea, esa flor. Hay quien ve primero una cosa y luego sabe cuál es la palabra que la designa y quien primero conoce la palabra y luego el objeto designado. Puede pasarte con la ‘curcusilla’, que es la rabadilla. Todo el mundo ha visto una rabadilla antes de saber que se llama (también) curcusilla. Sin embargo, todo el mundo sabe qué es lo que llaman diplodocus pero nunca ha visto ninguno, salvo claro, en recreaciones pictóricas, científicas o en el cine. Ya sabemos por Monterroso que «cuando despertó, el dinosario todavía seguía allí», lo cual no viene (casi) a cuento amigo lector, pero así tiene usted dos por uno: una columna y un relato hiperbreve del gran escritor centroamericano para el que sí hay una palabra conocida por todos y tal vez demasiado empleada: genial.
