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El lenguaje y sus máscaras

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27.11.2018

Como me he levantado cernudiano, éste va a ser un artículo sobre el lenguaje y no querría que se tomara como un artículo político, más allá del axioma que dice que todos nuestros actos son políticos o no son. Hablaré sobre personajes que se dedican a la política, pero aquí el retrato poco tendrá que ver con la ideología. Será un retrato manierista; es decir, un retrato de maneras y en algún momento, quizá sea un retrato amanerado. Lo que los personajes pidan. Y los personajes son dos: Gabriel Rufián y Josep Borrell. El telar de fondo, el Congreso de los Diputados, en Madrid.

En los meses de septiembre y octubre del pasado año –cuando la sicalipsis institucional catalana– Gabriel Rufián se dedicó al sabotaje verbal y la acrobacia postural en el Congreso de los Diputados. Se hizo notar con impertinente desparpajo y chulería vocacional. Entonces pensé que era una pena la dirección que tomaba, porque a mí su rostro y maneras me recordaban los de algún personaje infantil o adolescente de las novelas de Juan Marsé: no tanto un narrador de aventis, como un miembro del grupo, de los que escuchan y fantasean con esas historietas. Pero él parecía empeñado con sus shows en pasar de jabato a jabalí, en negar ese pensamiento amable y literario. Y sobre todo –cosa que me llamó la atención por contradictoria con su independentismo– en desplegar un abanico de todos los defectos de la españolidad. No se dejaba ni uno. Continúo hablando de lenguaje; en este caso del suyo.

Gabriel Rufián, en el Congreso, fue en esos días –y continúa siéndolo ahora– un español típico de aquéllos a los que maldecía Luis Cernuda en su Desolación de la Quimera.........

© La Opinión de Málaga