La Málaga que compramos
La cafetería El Diamante, en el Centro de Málaga. / L.O
Cuando abrió un Carrefour Express en la calle San Agustín, Málaga se vistió de luto. No hubo crespones en los balcones ni plañideras -qué época, Teresa-, pero faltó poco. La noticia provocó ese dolor particular que sentimos cuando descubrimos que el centro se parece cada vez menos a ese que encumbramos -aunque en realidad fuese cutre-. Se habló de la pérdida de identidad, de la invasión de las franquicias y del fin de una forma de vivir la ciudad. Faltó pedir un minuto de silencio por la tetería. Quizá no se hizo porque era más cómodo expresarlo por teléfono mientras se esperaba en la cola de otro supermercado de la misma cadena.
Entiendo la protesta. A mí tampoco me gusta pasear por una ciudad cuyas calles podrían pertenecer a cualquier otra si les quitásemos la luz y los nombres. Me gusta que un comercio tenga dueño, que una tienda parezca pensada por alguien y que detrás del mostrador haya una persona capaz de reconocer a otra. Lo que me cuesta entender es nuestra habilidad para lamentar la desaparición de esos lugares sin preguntarnos cuándo entramos en ellos por última vez.
El malagueño tiene un talento notable para defender el comercio de proximidad desde el sofá. También desde el coche, camino del aparcamiento de una gran superficie, o desde la mesa de una franquicia en la que acaba de pedir el mismo café que podría tomar en una cafetería de aquí. Yo he participado en esa incoherencia, así que no voy a repartir penitencias. Pero convendría admitir que la ciudad no se transforma solo por culpa de unos empresarios........
