menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Capirotes, burkas y la geografía moral de la superioridad

15 79
22.02.2026

La exalcaldesa de Barcelona Ada Colau, en una imagen de archivo. / Lorena Sopêna

España tiene una peculiar habilidad para fabricar inquisidores sin teología. No necesitan latín, ni escolástica, ni siquiera haber leído un libro entero: basta con un cargo público, una cuenta en redes sociales y la certeza íntima -inquebrantable- de pertenecer al bando correcto de la historia. A partir de ahí, todo es sencillo. El bien y el mal se reparten por afinidad ideológica, como los asientos en una boda. Unos cerca de la novia, otros al fondo.

En ese contexto, las recientes declaraciones de Ada Colau -Séneca que es la criatura- comparando a los nazarenos de la Semana Santa con el uso del burka y calificando nuestra tradición de «fanatismo religioso» no deberían sorprendernos.

De hecho, constituyen un ejemplo casi académico de un fenómeno muy español: el monopolio moral de las palabras bastas.

Hoy en España los términos fascista, extremista, ultra o fanático tienen dirección única. No describen conductas. Describen discrepancias. Se aplican siempre hacia el mismo lado del mapa ideológico, jamás hacia el propio. Sin embargo, pocas cosas resultan más llamativas que observar cómo quienes reparten certificados de tolerancia, evidencian la incapacidad absoluta para comprender lo que no comparten.

Y ahí aparece la señora Colau. Denuncia fanatismos mientras exhibe uno de manual: el prejuicio elevado a categoría intelectual.

Porque para poder comparar un nazareno con un burka hay que ignorar muchas cosas. Pero muchas. Tantas, que uno no sabe si se trata de mala fe, ignorancia o simple pereza cultural. Y quizá sea una mezcla de las tres, que suele ser la combinación más eficaz en política.

La túnica y el capirote de la Semana Santa no ocultan a nadie. Representan a todos. Son anonimato voluntario, igualdad simbólica, desaparición del individuo en favor de una comunidad. Bajo el antifaz hay hombres y mujeres indistinguibles: médico y fontanero, estudiante y jubilado, rico y pobre. Precisamente de eso se trata. Durante unas horas no importa quién eres, sino qué haces. La persona desaparece para que exista el gesto.

El burka, en cambio, no borra el ego: borra a la mujer.

No es una prenda penitencial ni simbólica ni ocasional. Es una imposición permanente que limita la identidad, la movilidad, la visibilidad y, en muchos contextos, la propia condición jurídica de quien lo lleva. No iguala; somete. No representa una elección cultural festiva, sino una estructura social donde la libertad femenina resulta, como mínimo, discutible.

Comparar ambos fenómenos exige un grado de analfabetismo verdaderamente extraordinario.

Pero lo más interesante no es el error -todos podemos equivocarnos- sino la dirección del error. Siempre la misma. La crítica, la sospecha, la ridiculización recaen sistemáticamente sobre lo propio. Sobre lo cercano. Sobre lo heredado. Y, casualmente, sobre lo cristiano.

Porque ocurre algo curioso. Quienes consideran intolerable felicitar la Navidad experimentan un entusiasmo multicultural casi místico al felicitar el Ramadán. Quienes ven opresión en una procesión ven diversidad en un velo integral. Quienes detectan fanatismo en un niño vestido de monaguillo perciben riqueza cultural en una imposición religiosa.

Se tolera aquello que no pertenece a nuestra tradición porque criticarlo exigiría estudiar, comprender y arriesgar reputación. Resulta mucho más cómodo atacar lo familiar, que no ofrece coste social alguno. Burlarse del propio patrimonio cultural se ha convertido en una forma barata de virtud pública.

Y aquí entra un elemento que rara vez se menciona: el desprecio territorial.

Si la Semana Santa, tal y como se vive en Andalucía, tuviera su epicentro en una comarca del norte europeo o en Cataluña, sería estudiada en universidades, protegida por la UNESCO y celebrada como experiencia estética colectiva. Pero ocurre en el sur de España, territorio históricamente percibido por cierta élite política como un folclore simpático en el mejor de los casos y como un atraso estructural en el peor.

Por eso se habla de fanatismo. Porque procede de un lugar cultural que algunos consideran inferior. La crítica no es religiosa. Es sociológica. Y bastante clasista.

La penitencia pública, el silencio, la música, la estética barroca, la memoria colectiva… todo eso se interpreta como superstición cuando lo realizan andaluces, pero como tradición cuando lo realizan otros pueblos. Es el viejo complejo ilustrado. La creencia de que la fe popular es ignorancia mientras la fe lejana es antropología.

Lo verdaderamente paradójico es que quienes se autoproclaman defensores de la libertad individual acepten sin incomodidad símbolos que objetivamente restringen la libertad de la mujer, mientras denuncian como opresión un acto voluntario en el que participan miles de mujeres cada año.

Pero hay algo aún más inquietante. España ha logrado una proeza democrática. Sustituir a expertos por convencidos. La política contemporánea ha descubierto que no hace falta saber para opinar; basta con indignarse. Y cuanto mayor es la ignorancia, mayor suele ser la contundencia. El argumento desaparece, sustituido por el eslogan.

Y así personajes profundamente desinformados adquieren una autoridad cultural que jamás habrían alcanzado en una conversación medianamente exigente.

Quizá el problema no sea que existan estas opiniones -en una sociedad libre deben existir- sino que se formulen desde cargos de enorme visibilidad sin el menor rigor, y que además encuentren aplauso automático por proceder del lado ideológico correcto.

Confundir igualdad simbólica con invisibilidad obligatoria no es progresista, ni moderno, ni valiente. Es simplemente no haber entendido nada.

Y quizá lo preocupante no sea que alguien lo diga, sino que tantos lo celebren. Hablas de fanatismo… ¿pero tú te has visto? Cateta.


© La Opinión de Málaga