Soy atea, gracias a Dios

Traslado del Cautivo / álex Zea

Cuenta el psiquiatra Irvin Yalom que un paciente suyo, ateo declarado, le regaló al terminar la terapia una estampita de un santo. ¿Pero tú no eras ateo?, le preguntó. El hombre le respondió que, durante la guerra de Vietnam, en una trinchera, bajo el estruendo de un bombardeo, un compañero soldado le había dado esa misma estampita para que le abrigase en los momentos más aterradores. Se la guardó. Sobrevivieron. Por detrás llevaba escrito: «No hay ateos en las trincheras».

Dicen que la imagen no fue concebida para ser vestida, sino desnuda. Sin embargo, desde finales de los años treinta, el obispado ordenó cubrirla con una tela cruda, sin tintar, que con el tiempo se volvió blanca. Y esa blancura, casi obstinada, se convirtió en identidad. Pero yo siempre lo vi desnudo, preso tras la reja cuando lo miraba quieto en la cofradía. Cada Lunes Santo se repetía el mismo silencio, para mí la Semana Santa no trataba de religión, sino de emoción. Y aunque el silencio de El Cautivo en procesión sea........

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