La manía de opinar
Sonsoles Ónega / ANTENA 3
Hace dos semanas fuimos testigos de una situación tremendamente sobrecogedora: la muerte de Noelia Castillo, la joven que solicitó el suicidio asistido con veinticinco años, la más joven de la historia, al menos aquí en España. Yo nunca había oído hablar de esta chica hasta que se hizo viral en redes su entrevista con Sonsoles Ónega en la que contaba su historia. Fue entonces cuando en Instagram, la única red social en la que actualmente soy activa, los opinólogos, juzgólogos y metomentólogos hicieron su aparición estelar. Hubo quienes ante mi silencio me increparon: cómo, siendo psicóloga, no me pronunciaba ante el tema. O cómo podía callarme ante una solicitud de eutanasia por depresión y no alzar la voz. Los hubo que hasta con retintín soltaron algún «tú que siempre escribes sobre injusticias», no sé en qué momento me he erigido como la Robin Hood de las iniquidades, pero bueno.
El caso es que hablo sobre este tema ahora porque es cuando a mí me da la gana hacerlo. Para empezar, mi opinión -y la de todos nosotros- sirve de bien poco. Aquí lo único importante es que una mujer adulta, con toda su lucidez, decidió morir dignamente, pues no estaba viviendo del mismo modo y que, además, tres comités médicos, basándose en la Ley Orgánica 3/2021 de regulación de la eutanasia en España consideraron que cumplía todos los requisitos para que pudiera aplicársele la muerte asistida. En esta historia solo importaba la decisión de Noelia y la de los especialistas encargados de hacer cumplir la legislación. Otra de las tantas cosas que oí y leí fue que Noelia solicitó esta forma de poner fin a su vida por una depresión y no sé cuántos trastornos psicológicos más, siempre según los inventólogos. El hecho es que esta chica sufría de dolores terribles producidos después de uno de sus intentos de suicidio en los que quedó con más de un setenta por ciento de discapacidad que la ató a una silla de ruedas. A toda esa gente que la juzgó, la criticó y creyó saber mejor que ella de su propia existencia, a todos esos que le pedían que fuera fuerte, confiara en Dios y se agarrara a la vida, a cada uno de ellos les pregunto: ¿qué se siente al opinar si alguien que está sufriendo lo indescriptible debe o no acabar con todo?
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Recordemos que esas opiniones vienen de personas que gozan de una buena (o mediana) salud física y mental. ¿Dónde estaban todos en sus tres intentos de suicidio anteriores? «Ah, es que no sabíamos de ella, lo supimos cuando lo hizo oficial, que no lo hubiese hecho público», oí decir también. Aquí cada cual hace con su vida -y en este caso con su muerte- lo que le dé la gana y esté permitido por la ley. Que después, cuando se meten en nuestras cosas, bien que vamos de dignos e indignados. De lo que no se habló, y eso también me da pena, es de cómo el sistema falló estrepitosamente durante toda la infancia y adolescencia de esta muchacha y lo sigue haciendo con otros tantos niños. Ahí, quizá, es donde hay que poner el foco. Después del día de la muerte de Noelia no he vuelto a ver ninguna publicación sobre este tema y eso igualmente dice mucho de nosotros. Nos encanta el morbo, la sangre y el drama siempre que sea ajeno, claro. Y sé que tras este artículo me lloverán palos, hacía tiempo que no me metía en estos líos, pero ¿no hubo quienes querían que opinara? Cuidado con lo que se desea.
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