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Algo se está acabando

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29.03.2026

Donald Trump ha introducido la discontinuidad en la vida pública norteamericana y, de rebote, en los modos y maneras de una posible coexistencia internacional. Representa aparatosamente los errores del siglo nuevo. Procede de un alud reactivo ante el wokismo del Partido Demócrata y a la vez ha destruido el mainstream republicano. Hace añicos la porcelana atlantista y no se sabe qué tratos busca con China. Escucha más a Putin que a Zelenski. Para neutralizar al país más peligroso para Occidente ha obturado el estrecho de Ormuz.

Si su primer mandato todavía tuvo algo que ver con el fin de la Historia, el segundo se identifica más bien con el fin de la cordura: es decir, de la política pragmática que se rige por unos principios que son el acueducto entre el presente y el pasado. Trump desquicia el sistema institucional que anteriores presidentes preservaron para que siempre sea practicable el término medio.

Alimentar el ego en los reality shows es algo también muy siglo XXI, como tuitear a todas horas. En paralelo, el descrédito de la política ha dado alas a Trump. Es el estilo presidencial de la posverdad. Nada más incómodo para quienes todavía creemos que la potencia americana es una garantía de libertad estable y de orden mundial hacedero.

El presentismo radical de Trump ha roto con la concatenación de presidencias que ha hecho de Estado Unidos lo que es. En las elecciones de medio mandato, en noviembre, se verá hasta qué punto los votantes rechazan o avalan el tiovivo Trump.

En el Partido Republicano, si alguien alzó a tiempo la voz contra Trump fue el senador John MCain. Cotejar su biografía con la de Trump ilustra espectacularmente lo que es el trumpismo.

McCain, adiestrado en la academia naval, fue prisionero de guerra en Vietnam durante cinco años y las torturas afectaron sus brazos para siempre. Por Arizona, fue congresista y senador, un republicano que pensaba por cuenta propia, deferente, amigo de las formas, impecable en materia de financiación de campañas. Un republicano moderado. Lidió en las primarias de 2000 pero el candidato sería George W. Bush.

En 2008, obtuvo la nominación republicana. Su gran error fue completar el tique electoral con Sarah Palin para la vicepresidencia, a propuesta de los neoconservadores. Eso dañó el valor mainstream de McCain.

La crisis de 2008 turbó inmensamente aquella contienda. En el Tea Party republicano se atacaba visceralmente a Obama, candidato demócrata. En uno de los mítines, una asistente repudió a Obama por ser «árabe». McCain terció: «No señora. Es un buen hombre de familia, un ciudadano con el que tengo desacuerdos en cuestiones fundamentales». Barack Obama ganó las elecciones, pero todavía conviene comparar el tono McCain con el desdén tan característico de Trump. El senador por Arizona siguió con su temple impagable, crítico con el primer mandato de Trump. Ya en la Casa Blanca, Trump le insultó profusamente. En sus últimas voluntades, McCain dispuso que en su funeral hablasen Bush hijo y Obama, pero no Sarah Palin ni el presidente Donald Trump.

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