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Epstein y los científicos

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08.04.2026

La publicación de documentos de los archivos de Jeffrey Epstein ha generado un terremoto que ha reverberado en varios ámbitos políticos y sociales. Uno de los más inesperados es el mundo de la investigación y las universidades, que estas últimas semanas han visto cómo centenares de nombres ilustres, incluso el de algún premio Nobel, acababan arrastrados por el barro. Puesto que los científicos no tienen suficientes recursos para eliminar documentos comprometedores o invadir países para distraer la atención del público, como pueden hacer otros implicados, la noticia ha acabado inevitablemente con escándalos y dimisiones. Y lo más interesante: ha abierto un debate muy necesario.

Normalmente, no asociamos a los científicos con fiestas exclusivas en islas privadas, y no parece que este haya sido el cebo principal. Porque el caso Epstein tiene dos ramificaciones importantes, relacionadas entre sí, pero de impacto y consecuencias diferentes. La que ha generado más titulares gira alrededor de una estremecedora estructura de explotación y abusos sexuales de la cual participaban despreocupadamente una nutrida pandilla de hombres poderosos. La otra, que no ha provocado tanto alboroto, pero podría ser todavía más peligrosa, es la creación de un lobi de poder los tentáculos de los cual quizás no sabremos nunca hasta dónde llegan.

Es esta segunda la que se dedicó a captar nombres relevantes del mundo de las ciencias con donaciones muy sustanciales, extendiendo su área de influencia a las principales universidades americanas, desde Harvard al MIT. A pesar de la condena de Epstein en 2008, ya relacionada con abusos sexuales a menores, parece que muchos científicos hicieron la vista gorda para poder pasar por caja. Algunos se resistieron a sus cantos de sirena alertados por señales más que sospechosas, es cierto, mientras otros alegan que no investigaron el historial del filántropo y les pasaron por alto sus problemas legales, deslumbrados como estaban con los cheques.

Este no es el único caso de financiación a dedo, basado más en el amiguismo y la arbitrariedad que en una evaluación imparcial de méritos, que acaba otorgando a una serie de individuos en centros de investigación un poder considerable, sin ninguna necesidad de rendir cuentas a nadie más que a un millonario. Esto nos obliga a plantearnos si las universidades lo tendrían que permitir.

La influencia de Epstein fue posible por una serie de razones que explican (pero no justifican) que tantos le abrieran las puertas sin pensar en mirarle la dentadura al caballo que se encontraban envuelto por regalo. La principal es que los investigadores siempre van cortos de dinero para sus proyectos, y esto hace que vender el alma al diablo pueda llegar a parecer una opción razonable. También tenemos que añadir a la receta la carencia de escrúpulos de las propias instituciones, que tendrían que ser las últimas responsables de investigar las donaciones antes de aceptarlas.

La infrafinanciación crónica, sumada a la voluntad de hacer la vista gorda es lo que permite que, actualmente, los millonarios que lo deseen puedan marcar su agenda científica. Esto es un peligro considerable cuando hablamos de la herramienta más importante que tiene la humanidad para modelar su futuro. ¿Y si Epstein (o Gates, Soros, Musk... no hace falta que el donante sea un convicto) hubiera decidido invertir, por ejemplo, en la manipulación genética de embriones para crear al humano perfecto, una cosa que técnicamente ya es posible pero que, de momento, la ética nos impide explorar? Ya hemos visto que la moral se puede romper fácilmente si apilamos un fajo bastante gordo de billetes encima.

Un ejemplo de esto sería que no parece que podamos evitar que uno de los adelantos más espectaculares de los últimos años, la inteligencia artificial, ande con pasos agigantados hacia la militarización. De Terminator a Black Mirror, no será que la ficción no nos haya avisado de cómo de mal puede acabar esta historia si dejamos que quienes pueden sacar un rédito económico o político tomen todas las decisiones.

Bastante difícil es luchar contra la avaricia de las todopoderosas compañías tecnológicas, solo falta que, además, nos vendamos la libertad académica por un plato de lentejas. Nos tenemos que proteger de alguna manera de esta fragilidad intrínseca del sistema, para no seguir comprando números para un futuro distópico. Los científicos y nuestras instituciones tenemos que abrir un proceso de reflexión, pero también debe haber un cambio más radical a nivel político, para evitar lo que es verdaderamente la raíz del problema que ha puesto en evidencia el caso Epstein: que a los ricos se les permita hacer todo lo que quieran.

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