Retos, viralidad, aburrimiento y propósitos...

Les he contado más de una vez que un grupo de niños de once a trece años, en Oruro (Bolivia), me interpelaron hace años con una petición muy concreta. Deseaban estudiar, ir a la escuela y poder siquiera leer y escribir. Su razonamiento radicaba, de forma contundente, en que así podrían ayudar a sus familias a salir de la pobreza que les atenazaba. Tengo que decirles, además, que las manos de esos niños, destrozadas por el trabajo duro en una minería residual y casi de supervivencia, hablaban por sí solas. Alguno de trece años, padre de familia ya por mucho que nos pueda sorprender, tenía un aspecto que bien podría ser compatible con tener diez o doce años más, pero a sus manos se les podían echar otros treinta o cuarenta más de trabajo duro. Les prometo que aquello que vi era realmente impresionante.

Ciertamente, lo descrito en el primer párrafo es terrible. El trabajo infantil es un fracaso colectivo, se mire por donde se mire, aunque es verdad que las estadísticas han ido ofreciéndonos últimamente una progresiva mejora de muchos de los indicadores relacionados con esta lacra. Aún así, sigue existiendo y continúa lastrando las posibilidades de muchos niños y niñas de salir adelante, en diferentes escenarios en el mundo. Pero hoy no les propongo exactamente hablar de esa lacerante realidad, sino precisamente de otra muy distinta, de niños,........

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