Relativismo, ética y legitimidad para el conflicto

Les he contado más veces que, cuando era muy joven, tuve la oportunidad de residir en un Colegio Mayor al que no todo el mundo podía acceder. Es más, por un excelente expediente académico y también por no exceder de un cierto umbral bastante alto de renta, me fue concedida una beca para prácticamente no pagar nada allí durante toda la carrera y el doctorado. Verdaderamente, una oportunidad mágica…

Estuve un año allí y, después, renuncié a tal privilegio. Lo cambié, contra la opinión de mis padres, por una solución bastante más incómoda, con viajes diarios que me restaron tiempo para el estudio, el deporte y para la integración en una etapa universitaria que nunca más volvió… Sin embargo, cuando lo miro hoy con la perspectiva de los años entiendo por qué tomé aquella decisión. No sé si volvería a hacer lo mismo o no, pero les reitero que sé que en aquel momento actué de forma coherente, teniendo en cuenta los parámetros de una situación en la que no quería estar presente…

Era el tiempo de las novatadas, crueles y salvajes. Con la excusa de la integración de los “novatos”, las vejaciones y los abusos eran constantes. Yo no sabía que existía todo aquello y, cuando me di de bruces con tal realidad, estallé y dije “basta” antes de que hubiera sucedido nada. Una noche mi compañero de habitación, al que yo apreciaba desde el instituto, volvió llorando en calzoncillos… Yo me desperté de improviso y tuve la fuerza suficiente para echar de allí a toda una jauría… Acto seguido bajé al vestíbulo del espléndido edificio y, ante la atónita mirada encendida por el alcohol de bastantes de aquellos colegiales, llamé a la casa del Director del centro, amenazándole con que saldría en los periódicos al día siguiente si no se presentaba allí lo antes posible. Y así fue, apareció rápidamente. Se armó la de San Quintín y, desde entonces, a mí siempre me respetaron, pero condenándome al ostracismo y al extrañamiento, lo cual no me importó. Y es que si para ser amigo de alguien tienes que pasar porque rompa tus pertenencias, te llene de barro desnudo en la noche y tengas que beber alcohol hasta el desmayo, no necesito tales amistades… No, claro que no. No, para ser amigo de alguien no tienes que consentirle cualquier cosa, por mucha fuerza y poder que tenga.

Creo que esa enseñanza me marcó a fuego. Y, entre otros motivos, pienso que está presente cuando hoy leo que tenemos que fijarnos en las importantes consecuencias de “no pasar por el aro” en las cuitas de la política internacional. Algo ante lo que sigo rebelándome exactamente igual que aquel día, cuando a un chico de dieciocho años y bastantes rizos más no le importó empezar a ser ninguneado y despreciado por no consentir lo que hoy está tipificado como delito y ante lo que antes todo el mundo sonreía y a lo que se le quitaba hierro. Cuando leo las amenazas a nuestra sociedad por pedir respeto al orden establecido, sigo creyendo que traicionarse a sí mismo y a una ética fundamentada es el primer paso para la autodestrucción. Y por eso entiendo perfectamente la postura del Gobierno de la nación cuando exige legitimidad en actos tan serios que comprometen la vida de las personas y dibujan con sangre el futuro colectivo. Creo que los que se equivocan son los líderes políticos y mediáticos que apelan a todo lo que nos pasará por ser consecuentes y por creer en que la moral personal y colectiva es importante más allá de las declaraciones vacuas y los fuegos de artificio. Miren, tan malo es quien provoca el terror en los suyos como quien, a golpe de misil o de bombardeo, está hoy sembrando más destrucción en el mundo que todos los otros juntos. Tan malo es quien destruye a sus semejantes desde teocracias impropias del siglo XXI como quien codicia los recursos naturales ajenos y hace lo indecible para quedarse con ellos. Y tan malo es quien reprime las ansias de cambio de su pueblo en Asia como quien, con planteamientos narcisistas, paranoicos y grotescos, está comprometiendo muy en serio la estabilidad y la convivencia pacífica en nuestro planeta.

Muchos de aquellos compañeros de Colegio Mayor que se emborrachaban casi cada noche y que sobrepasaban cualquier límite tolerado con la excusa de que lo suyo eran bromas de bienvenida son hoy reputados profesionales e incluso jueces y letrados. No sé si son conscientes de sus actos de antaño, aunque muchos seguramente reflexionaron más tarde sobre su comportamiento, ya que al final de aquel año me hablaban todos menos dos… Supongo que ahora pocos de ellos se acordarán de mí, y que a algunos les habré caído entonces bien, y a otros mal... Pero lo que todo el mundo tendrá claro es que hay personas que creen en la justicia, que exigen justicia y que no hablan de la feria según les vaya en ella, sino que aducen valores absolutos, fuera del relativismo y de su conveniencia...

No, queridos, no podemos juzgar los actos de los otros en función de las consecuencias que estos tengan para nosotros. Y esto es triste que se esgrima hoy desde algunos de los principales micrófonos de la radio o desde determinados estamentos de la política, para justificar lo injustificable. Y es que lo que no es legítimo, por mucho que se aderece, sigue siendo manifiestamente ilegal. Solo cabe fortalecer el multilateralismo, como forma de salir de este berenjenal...


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