Mi teléfono y yo

Miré para el teléfono, que ahora de repente emitía pequeños y extraños fogonazos de luz. No había ninguna otra respuesta. La pantalla, visiblemente deteriorada tras cuatro años de encontronazos con el suelo a diferentes alturas, permaneció completamente negra después de haber apretado durante unos segundos el botón para el encendido y apagado rápido de la unidad. Por lo demás, el silencio. El sistema del vehículo afirmó más tarde, casi con solemnidad, no estar conectado a ningún dispositivo, y este también se mostraba totalmente ausente. No había conectividad… Pero seguía existiendo el mundo a mi alrededor...

Y, ¿saben? No pasó nada. No hubo ni un brote de nomofobia ni un agobio máximo. Simplemente, en ese momento yo había dejado de pertenecer a la nómina de los seres conectados. Bueno, es verdad que me preocupaba que quien me esperaba empezase a su vez a inquietarse por si me había pasado algo en la carretera. Pero paciencia, no había otra forma de comunicarse. Continuaría hasta el punto de destino y, una vez allí, confiaba en encontrarme con él. Y........

© La Opinión A Coruña