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No todo desaparece

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18.03.2026

No entiendo la vida sin cuidados. Eso hace que a veces me preocupe quizás en exceso por asuntos cuya solución no depende de mí, yo no puedo arreglarlos, pero aun así lo intento, trato de llegar hasta donde sé que no alcanzo. Vivo en un estado de alerta y preocupación permanentes. Siempre ha de haber algo inquietándome, rondándome en la cabeza, latente, como el virus que cada cierto tiempo se manifiesta en forma de un molesto herpes labial, síntoma, por otra parte, de que soy cuidadora, pero no me cuido, e incluso encuentro una cierta satisfacción en mi propio sufrimiento, físico o anímico.

Puede que algo tenga que ver la herencia judeocristiana con la que todos los que hemos sido educados en la cultura occidental cargamos, seamos o no creyentes, pues el ateísmo nada puede hacer frente a ese legado envenenado con el que se siguen justificando guerras en un mundo en el que creíamos, ilusos, que ya no existían y resulta que la fuerza vuelve a ser el principal argumento del desorden internacional. Pero también se debe a que llevo más de treinta años ejerciendo ese papel, el de cuidadora, un rol que adopté sin saber que lo hacía, fue algo instintivo e inconsciente, cuando supe que mi madre estaba enferma, aunque desconociera entonces el alcance de la palabra cáncer. A partir de ese momento, empecé a descuidarme y a cuidar, entregando a los demás todo lo que a mí me arrebataba, hasta el peso, ya que es bien extraño el gozo que experimenta quien padece un trastorno de la conducta alimentaria cocinando para los otros y viendo cómo comen todo lo que tú ayunas.

Ya curada, al menos de eso, con el paso del tiempo no he cambiado demasiado en todo lo demás, sigo siendo una cuidadora radical que se preocupa en exceso por lo que le pasa, o pueda pasarle, a sus seres queridos, siendo la ausencia, que no el abandono, la causa de ese comportamiento. Me doy cuenta de ello, pero no soy la única. Los demás, aquellos a los que cuido, reciben mis atenciones asumiendo que de ese modo busco paliar la pérdida, un daño que puede mitigarse, pero no desaparecer. Lo dijo la actriz Lola Herrera hace unos días, en una entrevista televisiva. Ella, que tuvo la inmensa suerte de vivir con sus padres casi toda su vida, salvo el rato que estuvo casada, se sintió como una niña de tres años, así de desamparada, cuando perdió a su madre, que murió a los 95. Mientras la escuchaba, en casa, sentada en el sofá al lado de L., me acordaba de su madre, que ahora tiene la misma edad a la que falleció la de Lola Herrera y una salud que la permite querer seguir viviendo y temiendo a la muerte sin renunciar al humor, cuando venga a por mí, decirle que no estoy, que pase de largo, se guasea. También la cuido, y ella se extraña, le llama la atención que esté tan pendiente, que le abroche el abrigo hasta arriba o me agache para calzarla. Eso le dice a L., cómo me cuida Inés, qué cosas. No sabe que al hacerlo pienso en las tardes que L. pasa con ella, tumbada a su lado mientras su madre le cuenta historias, y yo siento una envidia triste y sincera, pero también una profunda alegría, porque es cierto aquello que escribió James Salter: «Todo lo que no está escrito desaparece, salvo por ciertos momentos que perduran, ciertas personas, días concretos».

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