La (mala) escuela del porno |
Un joven entra en una web porno / David Castro
La pornografía se ha convertido en el principal educador sexual de demasiados adolescentes. Más de la mitad de los jóvenes españoles de entre 14 y 17 años ha visto vídeos sexuales en el último año y uno de cada diez los consume a diario. El problema no es solo la frecuencia, sino el contenido. La mayor parte del porno que circula por las redes presenta una sexualidad atravesada por la violencia, la humillación y una desigualdad alarmante entre hombres y mujeres. Ellos dominan; ellas soportan.
Cuando este aprendizaje sustituye a una conversación orientada a la formación, el resultado es inquietante. Menos empatía, más conductas de riesgo y una idea deformada de las relaciones. Muchos adolescentes descubren antes el uso de la violencia en el sexo que el significado del consentimiento. Saben qué papel reserva la pornografía a las mujeres, pero nadie les ha explicado qué es el respeto, el deseo compartido o el placer mutuo.
Por eso resulta insuficiente limitarse a pedir más controles tecnológicos o nuevas restricciones de acceso. Las redes deben asumir su responsabilidad. No es admisible que sigan funcionando como un territorio sin ley, amplificando contenidos nocivos a través de algoritmos diseñados para captar la atención, retener a los menores y empujarlos hacia materiales cada vez más extremos. A petición del Gobierno, la Fiscalía está investigando a las grandes plataformas por la difusión de imágenes sexuales manipuladas y por su posible responsabilidad en delitos contra menores. La reciente condena en Estados Unidos contra Meta y Google por el carácter adictivo de sus servicios marca un camino para Europa.
Ya no basta con exigir a las compañías que retiren contenidos ilícitos. También hay que cuestionar el diseño de unas aplicaciones pensadas para explotar la vulnerabilidad emocional de los adolescentes. El scroll infinito, las recomendaciones automáticas o las notificaciones permanentes son mecanismos para generar adicción. Y cuando esa dependencia afecta a menores, las plataformas no pueden esconderse detrás de la coartada de que son solo intermediarios.
Pero sería un error creer que toda la responsabilidad recae en Silicon Valley. La batalla decisiva se libra mucho más cerca: en casa y en la escuela. Durante años, demasiadas familias han hablado de sexualidad únicamente para advertir de embarazos, enfermedades o peligros. «Ten cuidado» es la frase más repetida. Y se calla sobre casi todo lo demás. Sobre el consentimiento, sobre la intimidad, sobre la diversidad y sobre el placer. Se ahonda en la visión negativa de las relaciones sexuales, y no en su realidad satisfactoria. También es imprescindible el papel de las escuelas. La educación sexoafectiva no puede seguir dependiendo de la buena voluntad de un centro o de una charla aislada. Debe formar parte del currículo desde edades tempranas. Hay que enseñar anatomía y fisiología sexual, igualdad, derechos, límites y deseo. Hay que explicar que el sexo no es violencia ni dominio, sino comunicación, respeto y libertad.
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El silencio de la familia y la escuela deja un vacío que el porno ocupa de inmediato. Si un adolescente no encuentra enseñanzas en los adultos, las buscará en internet. Y solo hallará una deformación insana capaz, incluso, de trastocar sus valores. Es necesario hablar y acompañar, antes de que lo hagan las pantallas.