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El adiós al Mundial

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22.03.2026

Comparecencia de Escotet e Inés Rey para anunciar la renuncia de A Coruña al Mundial 2030 / Casteleiro

Hace dos años, A Coruña comenzó a soñar con acoger en el estadio de Riazor partidos del Mundial de fútbol masculino de 2030, organizado entre España, Marruecos y Portugal, si bien se celebrarán también encuentros en América. La nostalgia de Naranjito y el evento de 1982, único que ha organizado España hasta la fecha, avivó un proyecto que el lunes pasado acabó enterrado por la inviabilidad económico del mismo, las dificultades logísticas derivadas de las exigencias de la FIFA y las dudas sobre el retorno que generaría.

En la lista de problemas existentes para que el proyecto llegase a buen puerto, hallar un inversor que aportase la mayor parte del capital para financiar la reforma de Riazor y alcanzar al menos los 42.000 espectadores exigidos por la FIFA se situaba en primer lugar, especialmente después del enfrentamiento entre el Concello y Abanca, propietario del Deportivo, que consideraba la reforma una molesta interferencia para sus socios y su calendario competitivo.

La alcaldesa, Inés Rey, anunció el lunes pasado la renuncia de la ciudad a participar en la cita deportiva más importante del mundo, junto con las olimpiadas, alegando que «hipotecaría» la ciudad con unas obras en Riazor que superarían los 100 millones de euros, a lo que habría que añadir actuaciones de acondicionamiento del entorno, cortes de tráfico, plena dependencia de la FIFA…

La decisión, revelada dos días antes de la visita del máximo organismo del fútbol a la ciudad, no supuso ninguna sorpresa porque pocos creían que el Mundial fuese posible a tenor de esos costes y de que no se había concretado todavía la identidad del citado inversor privado. Más allá de la nostalgia de Naranjito y de las preferencias de los más futboleros, nada parece indicar que la sociedad coruñesa estuviera dispuesta a priorizar ese evento sobre las actuaciones cotidianas más necesarias o a pagar el peaje de movilidad que supondría su organización.

Por ese motivo, resulta desconcertante la espera por parte del Concello para comunicar lo que era un secreto a voces, aumentado así las posibilidades de enconar un debate que debería centrarse en los números y en las ventajas o desventajas para la ciudad. En Málaga, por ejemplo, se zanjó la cuestión en julio, esgrimiendo el perjuicio económico de jugar dos años fuera del estadio para el equipo de la ciudad.

Ahora resta enterrar de una vez por todas el asunto dando las explicaciones necesarias sobre el coste/beneficio de la decisión y sobre la demora en comunicar la misma, sin mirar hacia los posibles sustitutos de la plaza coruñesa ni avivar localismos que en nada benefician a Galicia y que revelan más sobre quienes enarbolan cada día supuestas aldraxes que sobre el resto. Si el Mundial se celebra en otro punto de la comunidad, desde la ciudad se celebrará.

Una vez solventado este punto, queda lo más importante: concretar el acuerdo con el Deportivo para realizar una gran reforma «para décadas» de Riazor, que abarcará también el Palacio de Deportes, y la posible incorporación de zonas de explotación comercial. De esa forma, podrá mirarse al futuro sin dejar que la nostalgia del 82 nuble el horizonte.


© La Opinión A Coruña