Ahora todos dicen «No a la guerra»

Cuando comenzó el ataque a Irán, algunos medios españoles titularon con la soledad del presidente Pedro Sánchez. En las tertulias señalaban que el «No a la guerra» era estrategia electoral, que tenemos que ir con Estados Unidos o que menudo ridículo el de España. Con el tiempo ha venido la sorpresa. Dimitió el jefe de la lucha antiterrorista de EEUU porque Irán «no presentaba una amenaza inminente» y porque se «inició esta guerra debido a la presión de Israel y de su poderoso lobi estadounidense». Antes, el ministro de Defensa alemán decía: «Esta no es nuestra guerra, nosotros no la empezamos». Y que «enviar más buques de guerra no contribuirá» a lograr soluciones diplomáticas. El canciller alemán, Friedrich Merz, también negó que su país participe en la guerra de Irán porque no hay mandato de la ONU, de la UE ni de la OTAN.

Al mismo tiempo, en Italia, Giorgia Meloni advertía de la tendencia peligrosa de intervenciones «fuera del ámbito del derecho internacional» y rechazaba entrar en guerra. Macron afirmaba que Francia «nunca» participaría en operaciones para reabrir Ormuz. En Polonia, Tusk confirmó que no enviará tropas. En el Reino Unido, Starmer afirmó que no participará en una guerra más amplia. Y, con retraso, Kaja Kallas pidió desde Europa a EEUU e Israel poner fin a la guerra, subrayando la reticencia europea a enviar fuerzas militares a Ormuz. Recordemos que incluso la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, tuvo que matizar sus palabras tras cuestionar el orden internacional basado en reglas. Donde antes había apoyo o silencio cómplices, ahora se dan pasos hacia atrás. En las tertulias, algunos dejaron de hacer mofa de España y apenas publican las declaraciones de otros líderes europeos con tal de no asumir el ridículo de haber defendido estar en contra del derecho internacional. No sorprende, porque tampoco lo hicieron tras ver un genocidio en Gaza.

Algo parecido ha ocurrido con las últimas declaraciones del rey Felipe VI. El monarca reconoce que hubo «mucho abuso», «controversias morales y éticas» durante la conquista de América y que «hay cosas que hoy en día no pueden hacernos sentir orgullosos». En España, algunos han cortocircuitado. Recuerden horas eternas de tertulias cuando alguien cuestionaba este aspecto, incluso desde la academia, usando a expertos y expertas para ridiculizarlos en platós. Tras estas declaraciones del monarca, algunos se han sentido molestos. Desde la derecha fruncen el ceño y la ultraderecha se desata llevando la contraria a Felipe VI.

Es parecido a lo que vimos semanas atrás en el Vaticano. El papa León XIV sostuvo ante una reunión con obispos españoles que su mayor preocupación en España es «la ideología de ultraderecha» porque «buscan el voto católico e instrumentalizar a la iglesia». A Vox no le hizo gracia y Abascal declaró que «no sé si se debe a los ingresos públicos que obtiene la Iglesia». También ha sorprendido que el diario del Vaticano, L’Osservatore Romano, llevara portadas con las que ni se atrevieron algunos medios internacionales y nacionales. Bajo el título de El rostro de la guerra publicó la imagen de las tumbas de las niñas iraníes asesinadas durante los ataques de Estados Unidos e Israel.

En todo lo explicado, algunos se sienten más papistas que el Papa. A algunos les molestan estos cambios de postura porque les quita poder para generar y justificar guerras u odio, los negocios de los que viven. Durante días se legitiman guerras y conflictos en tertulias, se magnifican asuntos o algunos firman editoriales sin un mínimo respeto por el derecho internacional. Mientras aquí se debate en clave de espectáculo, en otros lugares del mundo en guerra solo hay muerte y miedo. Años, meses o semanas después, cuando otros líderes asumen posturas basadas en derechos humanos, los ridiculizados no reciben ni siquiera un reconocimiento. Esto no va solo de política internacional. Va de cómo se construye la opinión pública. De cómo se marca el debate, de qué voces se amplifican y cuáles se desacreditan. De cómo, demasiadas veces, no se busca entender la realidad. Y de que el tiempo no solo pone a cada uno en su sitio. También deja en evidencia a quienes prefirieron el ruido a la verdad. 

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