Ya ni al papa se respeta
Después de haber insultado a casi todo el mundo y a los habitantes de las galaxias, si los hubiere, el emperador Trump la ha tomado ahora con el papa León XIV. Quizá no haya evaluado bien el poderío de la institución que dirige el pontífice.
El bueno de León se había limitado a pedir cortésmente paz y diálogo para resolver el letal alboroto que Trump desató allá por tierras de Irán y alrededores. Bastó esa razonable demanda para que el presidente reputase de débil y perdedor —que es insulto muy americano— al jefe de la Iglesia.
Peor aún que eso, le acusó de «liberal», término que en el extraño lenguaje político de los USA equivale a «progresista». Vade retro, Satanás.
Ni siquiera la nacionalidad del papa, que es su paisano, alivió la ira del presidente contra Robert Prevost que, por otra parte, es un pontífice de lo más discreto si se le compara con su antecesor, el facundo Francisco.
El emperador, al que nadie ha acusado nunca de modesto, llegó a afirmar que León XIV fue elegido precisamente por ser estadounidense. Al parecer, los miembros del cónclave querían hacerle la pelota a Trump y esa fue la razón de que eligiesen a uno de sus compatriotas para el mando supremo de la Iglesia. Quizá lleve algo de razón en esto, dado que los cardenales han sido históricamente muy proclives a agradar al que manda.
Como quiera que sea, el arrebato imperial parece, cuando menos, imprudente. Por poderoso que sea un mandamás —y el caudillo USA lo es mucho—, la prudencia aconseja no meterse en temas de religión ni, mucho menos, atacar al jefe de la Iglesia.
Una organización que lleva dos mil años en pie sin haber sufrido una sola quiebra debe inspirar respeto: y más aún a quien se presenta como defensor de las empresas bien gestionadas. Tildar de perdedor al heredero de una exitosa firma bimilenaria es un contrasentido incluso para alguien tan incoherente como Trump.
Fue la Iglesia, a fin de cuentas, la que dio la puntilla al declinante Imperio romano cuando este pasó de perseguir cristianos a adoptar oficialmente su fe.
Ahora que el imperio americano empieza a dar también muestras de declive, lo último que debiera ocurrírsele a su jefe es tomarla con el de una institución que ya en su día socavó a la poderosa Roma. Y eso que, en cuestión de imperios, el romano fue lo máximo, como acaso ignore en su soberbia el actual gerifalte del mundo.
Mucho más sensatos, los chinos —que también tuvieron un imperio de dos mil años— evitan con su habitual discreción meterse en inútiles polémicas: y así van presentando su candidatura a tomarle el relevo en el mando a los yanquis.
No es de extrañar que Pedro Sánchez, fino venteador del poder, viaje cada dos por tres a Pekín. Trump le llama de todo, menos guapo; pero es que el todavía emperador no se entera de lo que vale un peine. Y menos aún un yuan.
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