La bebida asturiana tiene nombre de mujer: el llagar Trabanco rinde homenaje póstumo a Consuelo Busto en los premios "Madres de la Sidra" |
La bebida asturiana tiene nombre de mujer: el llagar Trabanco rinde homenaje póstumo a Consuelo Busto en los premios "Madres de la Sidra"
Chigreras y cosecheras reciben el aplauso unánime de un sector en el que durante muchos años permanecieron olvidadas
Por la izquierda, Verísimo Busto, Samuel Trabanco, Maite Díaz, Lucinda Álvarez, Elisa Rodríguez, Roge Huerta, Amelia Huerta, Ana García y Yolanda Trabanco / Fernando Rodríguez
La sidra tiene en Asturias muchos nombres de mujer: madres, abuelas y esposas que trabajaron en los llagares, en las pumaradas, en los chigres, y que muchas veces fueron anónimas, a la sombra de los hombres que llevaban los negocios. Una deuda histórica, la de poner sus identidades bajo el foco de la historia regional, que gracias a la labor de Yolanda Trabanco empieza a saldarse. Ella, hija de Samuel Trabanco, se dio cuenta de lo mucho que habían trabajado las mujeres de su casa, codo con codo con los varones, para llevar sus empresas a buen puerto. Y por eso se decidió a crear los premios "Madres de la Sidra", con los que poner voz y rostro a tantas olvidadas hasta ahora.
"Es muy necesario hacerlo, sólo el hecho de ver que se sorprenden cuando las premias hace que merezca la pena", apuntaba Yolanda al inicio del acto celebrado este miércoles por la noche en el llagar de Trabanco en Sariego, escenario de una nueva edición de estos galardones que reunieron a representantes del sector sidrero, de la política, familiares, hosteleros y vecinos para rendir homenaje a un grupo de mujeres asturianas cuya dedicación ha sostenido durante décadas negocios, tradiciones y formas de vida ligadas a la sidra. La cena de gala servida tras la entrega de premios ha servido además para recaudar fondos con destino a la asociación Proyecto Alpha, una entidad creada en 2017 para apoyar a familias afectadas por la distrofia muscular de cinturas y promover la investigación científica para encontrar tratamientos.
Uno de los momentos más emotivos de la noche fue el homenaje a título póstumo a Consuelo Busto, fallecida en 2023, una figura clave en la expansión de la sidra asturiana. Su trayectoria profesional comenzó en la empresa familiar, Bodegas Mayador, donde entró en un puesto básico y fue asumiendo responsabilidades hasta convertirse en comercial y, posteriormente, en responsable del negocio. Recorrió España y numerosos países, especialmente en Latinoamérica, en una época en la que no era habitual que una mujer viajara sola por trabajo ni representara a una empresa en mercados internacionales. Tras asumir la dirección de la compañía a comienzos de los años noventa, impulsó la modernización de las instalaciones y la expansión internacional de la marca, manteniendo al mismo tiempo el legado familiar mientras sacaba adelante a su hijo, Verísimo Busto. Él mismo agradecía "que se hayan acordado de ella, porque se lo ganó trabajando duramente y siendo pionera en años difíciles, en los que cuando viajaba por trabajo no la dejaban quedarse en los hoteles porque iba sola, y eso entonces era impensable", recordaba emocionado.
La gala puso en valor la trayectoria de Lucinda Álvarez, vinculada durante toda su vida a la sidrería El Chaflán de Gijón. Con apenas 19 años, y estando embarazada, asumió junto a su marido el traspaso del negocio sin experiencia previa en hostelería. Durante años compaginó el trabajo diario con la crianza de sus hijos, con jornadas que comenzaban por la mañana y terminaban de madrugada. Con el tiempo logró consolidar el negocio y convertirlo en un lugar de encuentro para varias generaciones de clientes, que terminaron formando parte de su propia historia personal. "Fueron 58 años de trabajo, y aunque fue duro echo de menos el ambiente, la actividad", reconocía.
Entre las premiadas también estuvo Maite Díaz, unida laboralmente durante décadas a la sidrería gijonesa El Centenario. Su historia comenzó en la cocina, cuando el negocio estaba todavía en manos de su suegra, y poco a poco fue asumiendo más responsabilidades. Durante años compaginó ese trabajo con la crianza de sus hijas en un contexto en el que la conciliación era prácticamente inexistente. Su trayectoria fue distinguida como el ejemplo de una vida dedicada a mantener un negocio familiar y a sostener la esencia de una sidrería tradicional.
Asistentes a la cena y la entrega de premios en Sariego / Fernando Rodríguez
El homenaje a Elisa Rodríguez puso el foco en otra historia muy habitual en el sector: la de una madre que, tras una vida dedicada a su familia, volvió a trabajar para ayudar a sus hijos. Después de años centrada en la crianza y en trabajos ocasionales, regresó a la actividad cuando su hijo decidió abrir la sidrería El Tendido, también en Gijón. Se encargó principalmente de la cocina y colaboró en el funcionamiento diario del local durante años, convirtiéndose en una pieza fundamental para el proyecto familiar. "Es duro este negocio y sobre todo para una mujer, pero a mí me gustaba, y así se va llevando", confesaba jubilada ya desde hace años.
También fueron distinguidas las cosecheras Roge y Amelia Huerta, dos hermanas que representan el vínculo más directo entre la sidra y el mundo rural. Criadas en un entorno humilde en Laviana, crecieron entre pomaradas y trabajo en el campo, aprendiendo desde niñas el valor del esfuerzo. Su galardón quiso poner en valor a las mujeres que han sostenido el origen mismo de la sidra: la agricultura y el cuidado de la tierra, con pumaradas en las que recogen más de 7.000 kilos de manzana para el llagar de Trabanco. Pero para ellas, es algo casi normal: "No merecemos el premio, llevamos una vida normal de amas de casa trabajadoras, y estamos muy orgullosas de ello", afirmaban a coro.
La gala incluyó igualmente un homenaje a Mercedes Écija, que ha contribuido a mantener viva la cultura sidrera fuera de Asturias con la Sidrería La Mina. Nacida en Madrid en el seno de una familia asturiana con raíces en Cangas de Onís, creció con un fuerte vínculo con las tradiciones de la sidra y terminó dedicándose a la hostelería junto a su pareja. Desde su negocio ha sido una de las personas que ha contribuido a difundir la cultura asturiana en la capital, manteniendo vivo ese vínculo con la tierra de sus padres. No pudo acudir a la gala por problemas con el transporte, y recogió su galardón la familia Trabanco.
Natalia y Ana García, que asumieron la responsabilidad de continuar con la histórica sidrería El Ovetense tras la muerte de su hermano Serafín, también han sido merecedoras de una distinción para poner en valor su trabajo. Aunque en un primer momento parecía que el negocio no continuaría, decidieron mantenerlo abierto y preservar el legado familiar iniciado décadas atrás. Desde entonces han conseguido mantener la esencia del chigre tradicional y consolidarlo como un establecimiento de referencia, demostrando que el relevo generacional también ha sido posible gracias al trabajo de mujeres que asumieron responsabilidades en momentos difíciles. La encargada de recoger el premio fue Ana, "encantada" con el reconocimiento a una familia con 75 años de trabajo en el sector, y en la que "nos criamos entre sidra; mi madre también fue llagarera, en Sidra Villanueva. Las madres siempre estuvieron al pie del cañón en el sector, aunque no se las veía", destacó.
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Y por eso, más que nunca, es necesario visibilizar cómo todas ellas han hecho la historia de la sidra un poco más grande, y desde ayer, un poco más conocida para el gran público.
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