Mauro Valvasori, el alma del primer restaurante italiano de Oviedo, se jubila: "No tengo palabras para darles las gracias a los clientes"

Mauro Valvasori, el alma del primer restaurante italiano de Oviedo, se jubila: "No tengo palabras para darles las gracias a los clientes"

El cocinero estuvo durante 37 años en los fogones de "Los italianos", en la Avenida de Galicia: "Me pone de muy mala leche que se le ponga piña a la pizza"

Mauro Valvasori, el alma del primer restaurante italiano de Oviedo, se jubila: "Fuimos pioneros en la cocina internacional en la ciudad"

VÍDEO: Amor Domínguez/ FOTO: Mario Canteli

Mauro Valvasori es, sin duda, el italiano que más pasta hizo en Oviedo. El alma del primer restaurante que trajo la cocina transalpina a Oviedo, «Los Italianos», se jubila a los 67 años tras pasar 37 de ellos en los fogones del emblemático local de la Avenida de Galicia, cerrando con él una etapa que sabe a tradición, esfuerzo e historia de la ciudad.

Aunque nació en Lieja (Bélgica) «por circunstancias de la vida», Mauro Valvasori es italiano «por los cuatro costados». Sus padres, emigrantes, se encargaron de que en casa nunca se perdiera el origen. Entre recuerdos, hay uno que siempre vuelve: «Las lasañas de mi madre Elsa… eso no se olvida». En aquella Bélgica donde la comunidad migrante hacía piña, Italia se mantenía viva en cada plato, en cada conversación, en cada costumbre.

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Su historia continuó en Copenhague, donde empezó desde abajo, fregando platos en el restaurante italiano de Mario Fornasari. «Aprendí muchísimo, era muy buen cocinero», recuerda Valvasori. Poco a poco fue subiendo de nivel hasta entrar en cocina. «Fornasari confió en mí. Era de la zona de Trieste, de un pueblo que se llama Grao… como el de aquí», comenta entre risas. En ese mismo restaurante comenzó también otra historia, la más importante. Allí trabajaba Ana Mansilla, hermana de la ovetense Gabriela, quien acabaría siendo su mujer.

Gabriela llegó un verano de visita a Copenhague y al ver a Mauro Valvasori se le iluminaron los ojos. «Fui a ver a mi hermana y, de repente, salió un cocinero con unos ojos azules preciosos… pero recuerdo que me miró con indiferencia», dice Gabriela Mansilla. Aquella indiferencia fue el primer ingrediente de algo que terminó de cocinarse en la boda de unos amigos chilenos. «Nos quedamos hablando hasta las siete de la mañana. Eso de que de una boda sale otra boda, en nuestro caso, se cumplió», afirma la ovetense.

El tiempo jugaba en contra de Gabriela. Solo tenía tres meses de estancia en Dinamarca y estaba locamente enamorada de Mauro. Intentó quedarse sin éxito. «En la puerta de la comisaría, cuando ya me habían dicho que tenía que irme, Mauro me pidió matrimonio», cuenta. No fue el único flechazo familiar: las hermanas de Gabriela Mansilla también encontraron pareja allí. «Nos trajimos el pack completo: dos cocineros y un pizzero», bromea.

Se casaron en el Ayuntamiento de Copenhague, junto a la estatua de Hans Christian Andersen, antes de aterrizar en Oviedo. En casa de Gabriela, por cierto, la pasta no era ajena. Su padre, Lucio Mansilla, un argentino exjugador del Sporting, ya la veneraba. Quizá por eso, y con buen ojo, vieron claro que en Oviedo faltaba algo. No había ningún restaurante italiano. Convencieron a sus maridos y en 1989 levantaron la persiana.

El nombre del restaurante surgió de forma natural: «La gente pasaba por la obra y preguntaba ‘¿cuándo abren los italianos?’… y así se quedó», explica Mauro Valvasori. El éxito fue inmediato. A los dos años ya abrieron otro local en la calle Asturias. Durante seis años trabajaron los tres matrimonios juntos, hasta que la vida –y la pérdida de Niny, la hermana de Gabriela– hizo que los caminos se separasen y que, desde 1995, Mauro y Gabriela continuaran en solitario al frente de «Los italianos de la Avenida de Galicia. El otro cerró.

A la hora de hablar de cocina italiana, Mauro Valvasori no duda. «El secreto está en la cocción. Aquí se pasa mucho la pasta. Conseguir el punto ‘al dente’ es fundamental». También hay líneas rojas: «Mezclar queso con pescado en la pasta, poner pollo en la pizza o piña… eso hasta me pone de mala leche. Y champiñones en la carbonara nunca», dice. Tampoco entiende comer pan con la pasta. «Es comer pan con pan», señala. Y añade otro matiz: «Aquí en España se pone demasiada salsa».

Durante años, los platos estrella de «Los italianos» fueron los espaguetis carbonara y la pizza caprichosa, siempre con productos fieles a su origen: burrata, mozzarella o harina traídas de Italia. Por las mesas del restaurante han pasado clientes anónimos y también conocidos como Fernando Alonso, Santi Cazorla o Samuel Sánchez, además de nombres como Norma Duval, Arantxa Sánchez Vicario o Loquillo. Pero siempre con la misma filosofía: «Aquí todos son iguales», explica Mauro Valvasori.

El cocinero recuerda los inicios como una época dorada. «En Oviedo no había restaurantes chinos ni mexicanos. No teníamos competencia», señala. Según defiende Valvasori, ellos también fueron pioneros en el servicio a domicilio. «Empezó porque unos clientes querían llevarse la comida. Pensamos: ¿por qué no llevársela nosotros?», explica. Hoy cuentan con una docena de repartidores.

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El local, decorado como una cueva coqueta y romántica, ha sido escenario de mil anécdotas: una clienta que rompió aguas cenando, tormentas que tiraron paredes o clientes que acabaron rodando por las empinadas escaleras que dan acceso a la sala. Ahora, con 67 años, Mauro se despide. Deja el negocio en manos de su mujer y uno de sus hijos. Se va satisfecho. «Hemos luchado mucho». No se aburrirá: tiene huerto, un caballo y le gusta hacer deporte en el gimnasio y la piscina. Además, como siempre, seguirá viajando a Pordenone, cerca de Venecia, el pueblo de su madre, donde él y Gabriela tienen una casa. Pero si algo tiene claro es lo que más echará de menos: los clientes. «No tengo palabras para darles las gracias. Sin ellos no hubiésemos conseguido nada», dice. Porque la historia de Mauro Valvasori, como la buena cocina, no se mide solo en ingredientes, sino en todo lo que se comparte alrededor de la mesa.

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