Viaje al corazón del crimen en Perú: la destrucción que dejan mafias de oro y madera en comunidades del río Santiago

Sobre el espaldar de una silla de capirona (Calycophyllum spruceanum), Henry Ampama cuelga la casaca que atesora como su mayor evidencia. Gotas de barro esparcidas sobre la tela rodean el trazo que dejó una bala. La tenía puesta el 12 de julio de 2025, cuando una cuadrilla de mineros ilegales disparó a mansalva contra el bote donde viajaba. Eran 60 pasajeros y fue él quien estuvo más cerca de morir. Ampama es el jefe de Huabal, la máxima autoridad en esta comunidad wampís de la cuenca del río Santiago, Amazonas, en la selva de Perú.

Debe irse pero acepta una última pregunta: ¿cuál es su peor temor? Se seca las gotas de sudor que resbalan por su rostro y contesta débilmente: “Que las dragas lleguen hasta acá. Eso es lo que más nos angustia”.

Por su ubicación en la parte central del río Santiago, un cuerpo de agua que se forma en Ecuador y tiene 230 kilómetros de longitud dentro de la selva peruana, Huabal es uno de los sectores más vulnerables. Así como otros pueblos del llamado Medio Santiago, desde hace cinco años, enfrenta un riesgo latente ante el violento avance de la minería y la tala ilegal sobre los territorios wampís adyacentes al río amazónico.

Mongabay Latam surcó el Santiago desde Huabal e ingresó a las comunidades que están en el camino, próximas a la desembocadura en el río Marañón (Bajo Santiago). Poblaciones que no cuentan con la asistencia del Estado y viven oprimidas por la violencia, la contaminación y el descontrol que propagan las mafias del oro y la madera. En el camino, encontramos que al menos 20 dragas operan frente a cinco localidades wampís y un centro poblado: Papayacu, Guayabal, Fortaleza, Belén, San Juan y La Poza. Otras 10 permanecen ocultas en caños (canales que se desprenden del río) y quebradas.

Con la explotación del río Santiago llegó la deforestación de su entorno. Los focos mineros están en la mayoría de lugares donde grupos de madereros también van ganando terreno. El recorrido permitió reunir información clave que revela cómo cada red criminal asentada en la cuenca tiene brazos destinados a la minería y la extracción ilegal de madera fina. Esto hizo posible, además, el seguimiento de las rutas por donde son transportadas las cargas de oro y madera.

Un análisis realizado por el Proyecto Monitoreo de la Amazonía Andina (MAAP, por sus siglas en inglés) reportó que, entre 2022 y 2025, el río Santiago fue afectado por 51 dragas para la minería ilegal en áreas aledañas a comunidades indígenas. Los dirigentes del Gobierno Territorial Autónomo de la Nación Wampís, organización que agrupa a 22 comunidades tituladas, no dudan que la devastación está en uno de sus momentos más críticos.

Los focos de minería ilegal se extienden desde las orillas de las comunidades wampís. Esta draga succiona el río frente a la comunidad de Belén. Foto: Enrique Vera

Un camino de tierra separa la casa de Henry Ampama del río Santiago. Afuera, el sol vertical reverbera en el caudal impregnado con mercurio. Es una huella ocre que desciende desde la frontera con Ecuador. “Su ambición por el oro y la madera está destruyendo el río y nuestros bosques”, expresa Henry Ampama, carraspeando, sin esperar la repregunta. El día del atentado lo recogió de aquí una embarcación que venía desde Villa Gonzalo —15 minutos al norte— con otras autoridades de la nación wampís.

El objetivo era erradicar con el Ejército las zonas de minería ilegal dispersas en el Bajo Santiago. Pero el plan fracasó sin haber empezado. El bote con la comitiva indígena, que había llegado hasta el fuerte militar Teniente Pinglo, en la confluencia del Santiago y el Marañón, tuvo que retornar. Fogonazos y una descarga interminable de balas alcanzaron a la delegación en la comunidad de Fortaleza, un enclave de explotación permanente de oro, durante su regreso.

“Nunca llegó al cuartel el permiso para darnos apoyo. Desde tierra y una chalupa en movimiento, los mineros dispararon apenas nos vieron de vuelta”, narra Ampama. El recuerdo lo transporta hacia el momento mismo del ataque. Un tiro le rozó el pecho: todavía le parece increíble seguir vivo. Mientras camina hacia la escuela de su comunidad, señala en el horizonte el rumbo del Santiago que ahora debemos tomar.

En Huabal también vive Galois Flores, vicepresidente de la nación wampís, quien parece tener en la cabeza el mapa de 1.3 millones de hectáreas que su organización representa. Sabe que hay dos dragas mineras siendo accionadas día y noche en el Alto Santiago, al borde de la comunidad de Papayacu, la más cercana al límite con Ecuador. “Pero la convulsión está río abajo, camino a Nieva, por donde fuimos emboscados en julio”, dice con la voz quebrada.

Al pie de una muralla de árboles de lupuna (Ceiba pentandra), Henry Ampama vuelve a apuntar en dirección al Bajo Santiago y hace adiós con las manos. Los ronquidos del motor del bote, que iniciará el trayecto hacia aquella zona hostil y el distrito de Nieva, difuminan lo último que ha pronunciado.

En sectores del Medio Santiago, como Huabal, viven con temor a que las redes de mineros ilegales avancen hacia sus territorios. Foto: Enrique Vera

La ruta del metal

Un declive fangoso antecede a la única calle directa que une al puerto de La Poza, un centro poblado del Medio Santiago, con su plaza principal. Entre negocios de abarrotes y bares que han abierto desde el mediodía hay dos tiendas que ofrecen equipos de buceo, motores, alfombras, mangueras de succión. Lo necesario para la operación completa en una draga minera. Ningún transeúnte en esta vía anegada por la lluvia parece un comunero wampís. La Poza es una localidad habitada, básicamente, por personas no indígenas.

De una bodega con la fachada cubierta por paquetes de gaseosas salen dos hombres cargando una motosierra, un extenso tubo de metal y galoneras llenas de combustible. “Así se abastecen para entrar al río y al bosque. Acá las mafias sacan madera y oro. No están dedicadas a un solo delito”, confirma Josefino, el conductor de la embarcación que atravesará el corazón del crimen en el Santiago y a quien cambiamos el nombre por seguridad.

Con el rostro ajado, siempre a media sonrisa, Josefino relata que la cantidad de insumos que se despachan depende del tamaño de la balsa minera a donde vayan. Los materiales comprados aquí llegan a todos los focos mineros asentados en el Santiago. El petróleo que acaba de salir de la bodega —afirma convencido— es para una draga que desde hace tres meses opera a orillas de La Poza.

Su trabajo como motorista le ha permitido conocer de cerca las dinámicas criminales en la cuenca del Santiago, aunque no hace alarde de aquello. Hay compradores de oro que llegan a La Poza porque acá o en los puntos de excavación del río —sostiene— se paga hasta 200 soles (58 dólares) por gramo. Luego serpentea su brazo en el aire como graficando una carretera sinuosa: “Cuando va de salida y en los destinos finales el costo por gramo sube hasta 280 soles [81 dólares]”.

la destrucción que dejan mafias de oro y madera en comunidades del río Santiago

Agentes de inteligencia consultados para esta investigación detallan que el oro sale por los ríos Santiago, Marañón y Nieva. En la ciudad de Nieva están a la espera camionetas enviadas por los cabecillas de las mafias incrustadas en la cuenca del Santiago. La ruta del metal continúa por tierra: cuando son altas cantidades, pasan por Bagua (Amazonas), Chiclayo (Lambayeque) hasta Trujillo (La Libertad) o Lima. Las indagaciones por parte de personal militar dan cuenta de que en Lima y Trujillo el oro ilegal es vendido a negocios, empresas e incluso mineras formales, que lo “blanquean” con documentos amañados.

Si son proporciones menores del mineral, la mercadería puede quedarse, además de en La Poza, en Nieva, Chiclayo e incluso tomar un desvío a Jaén (Cajamarca). Propietarios de bodegas, joyerías y comercios chicos lo adquieren para negociarlo a su modo.

El bote lleva cinco minutos........

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