La agonía de un pájaro |
22 de abril
Un gorrión se estrella contra el cristal de una de nuestras ventanas. Habíamos pegado siluetas de rapaces para evitar que sucediese –antes era un accidente frecuente–, pero este pobre despistado ha ignorado las señales. Me vuelvo al oír el impacto y lo veo de pie en el suelo, inmóvil salvo por un leve jadeo, apoyado con las puntas de las alas abiertas contra la baldosa. Poco a poco se le va venciendo la cabeza, muy despacio las alas se cierran, pero no del todo. Ya toca el suelo con el pico, aún de pie. Me gustaría salir y recogerlo del suelo, darle el calor de mi mano y mi presencia, pero sería un consuelo solo para mí, a él lo aterrarían aún más –¿siente miedo ahora, sabe que va a morir?– mis manazas de monstruo y el ruido de mis pasos. Lo contemplo desde el otro lado del cristal. Sigue en pie, ahora solo apoyado en las patas y el pico; ha plegado casi por completo las alas. Hace varios minutos que no se mueve. Salgo. Tiene los ojos cerrados. Está vivo. Los latidos se transmiten a todo su cuerpo. Me siento cerca de él. Al cabo de un rato acaricio despacio su cabeza sin que se inmute. De pronto abre los ojos y da dos breves saltos laterales como sorprendido. No parece que mi presencia lo sobresalte más que eso. Nos quedamos quietos los dos. Vuelve a cerrar los ojos. Indeciso, me marcho de nuevo, pero sigo observándolo a través de la........