Pregoneros sin piedad |
Como hace el gran Manuel Vicent publicando cada vez que llegan las fiestas de San Isidro un artículo ferozmente antitaurino, desde hace ya algunos años procuro, mal que bien, seguir los pasos del maestro haciendo lo mismo con los pregones y pregoneros de la Semana Santa de Sevilla. En las corridas de San Isidro, la víctima es el toro; en los pregones de la Semana Santa sevillana suele serlo la literatura: taurinos y pregoneros tienen en común su escalofriante falta de piedad, de compasión, de empatía, unos con los pobres astados y otros con la malhadada poesía, de la que Sevilla ha dado al mundo nombres de un talento tal que veo a los pobres poetas del pasado revolviéndose en sus tumbas cada vez que el Consejo de Hermandades y Cofradías anuncia, inconmovible, el siguiente pregón de Pasión.
Y no solo la poesía: tampoco la teología más severa suele salir bien parada en estos lances a la vista del mal disimulado y más bien herético politeísmo que, coincidiendo con el sentir popular, despliegan los pregoneros, pues para un auténtico cofrade sevillano el dogma central de su fe no es ni mucho menos, pongamos por caso, la Santísima Trinidad, como pretende la teología oficial, sino, por supuesto, la Esperanza de Triana, la Virgen de la Iniesta, el Gran Poder o El Cachorro, ¿estamos o no estamos?
Imagen del Infierno
Imagino el Infierno, improbable lector, como un tenebroso teatro donde, bien amarrado a la butaca y sin posibilidad alguna de escapar, el único espectador soy yo mientras sobre las tablas van desfilando uno a uno, con su gavilla criminal de folios bien sujeta bajo el sobaco, los ochenta y tantos pregoneros que ha tenido Sevilla desde el año fatídico de 1937 en que se inventó esta entrañable tradición, seguramente para reafirmar los valores de la nueva España en cuyo nombre habían sido sido pasados por las armas miles de sevillanos, no pocos de ellos por cierto tan cofrades como sus asesinos.
Empezando por el primero, que fue el escritor José María Pemán, y acabando por el último, que ha sido el periodista José Antonio Rodríguez, la rueda infernal de pregoneros saldría al escenario a declamar histriónicamente sus textos trufados de ripios y de no menos de una hora y media de duración ninguno de ellos. A la primera ronda de pregones le seguiría otra y luego otra y otra más, y así hasta que el condenado, entre amargas lágrimas de arrepentimiento y golpes de pecho retumbando por la platea, pidiera perdón por los artículos publicados en vida haciendo burla de los santos varones que se estrujaron la mollera para destilar aquellas interminables tiradas de octosílabos que tanto los autores como los cronistas consideraron en su día poco menos que inmortales.
Y decimos bien al decir varones, pues solo ha habido una mujer pregonera, en 2019. Sin dejar de ver en tan llamativa ausencia una muestra más de discriminación machista, me consuela pensar que quizá se deba también a que hay más sentido común y menos fastidioso narcisismo en las mujeres, sean o no cofrades, que en los hombres.
Impúdicos elogios
Huelga, por lo demás, recordar los desmedidos elogios con que la prensa local suele reseñar cada año el pregón. Leyendo esas crónicas tan impúdicamente zalameras, cualquiera diría que Sevilla está de Premios Nobel de Literatura a reventar. ¿Es sincero tanto ditirambo? Seguramente sí, mas sepa el paciente lector que el hecho de que tales crónicas sean tan invariablemente encomiásticas da pábulo a la sospecha, bastante generalizada entre la Sevilla descreída, de que el sueño secreto, y aun no tan secreto, de todo periodista cofrade es ser algún día designado él mismo pregonero, un anhelo sin duda acrecentado por lo sucedido este año, en que al pregonero lo sacaron, literal, ¡¡¡a hombros de la Maestranza!!! (del teatro, no de la plaza, aunque pudiera haber sido al revés). Como diría José Mota: no digo que me lo mejores, solo iguálamelo.
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