menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Disquero

7 0
yesterday

El nuevo disco de AC/DC es un dechado de elegancia. Reúne riffs plenos de exquisitez, tono épico, aire triunfal. Se titula Power Up.

Constituye madurez de estilo, refrendo de principios, consolidación de aspiraciones. Cumple con todos los requisitos para pasar a la posteridad.

Su carácter hímnico posee un encanto irresistible. Los coros asemejan masas de sonido. Acompañan melodías de la misma manera como una sección de alientos metal conduce las apoteosis de las partes de las cuerdas en una orquesta sinfónica.

Parecieran coros de tubas tenor, o tubas wagnerianas, cornos franceses, tubas y trombones, cuando en realidad se trata de las maneras clásicas de trazar euforias alrededor de la voz solista, en este caso el retorno de Brian Johnson.

De manera inequívoca, este álbum nuevo se conecta con uno de los discos clásicos de AC/DC: Back in Black, aquella grabación en homenaje a Bon Scott, el vocalista que dio personalidad y rumbo a la banda británico-australiana. Ahora el homenaje póstumo es para Malcolm Young.

Por cierto, el disco Power Up fue lanzado en Australia.

Escucharlo es un ejercicio de reafirmación.

La banda AC/DC es quizá la más poderosa en la historia de la cultura rock. Su longevidad está a prueba de las peores circunstancias. Ha sobrevivido a la muerte trágica de Bon Scott, su voz fundacional y sobre todo al deceso de su hacedor, Malcolm Young, a quien se deben la idea, el concepto, los principios estéticos y todo el andamiaje de esta poderosa maquinaria de hacer rock.

Lo que ha construido AC/DC en sus 53 años de existencia es un bien cultural de la humanidad.

Este 2026 celebramos los 50 años de dos de sus álbumes seminales: High Voltage, lanzado en 1976, cuando también salió el disco Dirty Deeds Done Dirt Cheap.

Desde entonces, eicidicí se convirtió en sinónimo de rock duro y puro.

Eso fue lo que escuchamos en el Estadio GNP la noche del martes, en el primero de los tres conciertos de AC/DC en este su nuevo retorno triunfal.

Rock duro y puro. Durante dos horas disfrutamos del paraíso musical. Más de 65 mil almas encendidas saltando, bailando, felices.

El primero de los tres conciertos de la banda AC/DC fue una de esas formas preciosas y cercanas a la felicidad y la rebasan. La noche de este sábado ocurrió el segundo.

Alta intensidad, fuego, campanadas, cañonazos. Ver retozando al legendario Angus Young es uno de esos regalos de la vida que nunca olvidaremos.

Es como si nos hubiéramos rencontrado con un integrante de la familia que ha ganado en años, 71 pero parece de 17: no deja de correr, saltar sobre un pie, emitir los sonidos más sublimes desde su guitarra Gibson. El tío Angus es un habitante del Walhalla.

Con su conocido uniforme de colegial, con corbata y gorra en tonos rojos rojísimos, el tío Angus se fue despojando de la ropa, bañado en sudor y gobernando el escenario de pe a pá, de pi a pó, con un dominio dramatúrgico brechtiano que enardece.

Junto a él, Brian Johnson luce renacimiento luego de su casi sordera total y falto de voz unos años, pero ahora vuelve a cantar a todo pulmón, rugir, bramar, desgañitarse plantado en el placer.

Cuando sonó uno de los himnos de AC/DC: Highway to Hell, los miles y miles enardecidos gritamos, gruñimos, nos desgañitamos junto a Brian Johnson y también coreamos el relámpago monumental Thunderstruck y Back to Black y por supuesto T.N.T y bueno, todas y cada una de las piezas magistrales de estos grandes maestros del arte de la música candente, brutal, poderosísima.

El tío Angus y Brayan Yonson son la corriente alterna y la corriente directa, AC/DC y no necesitan más, aunque trajeron al sobrino del inmortal Malcom Young, el guitarrista Stevie Young, para completar la formación con dos suplentes igualmente magistrales: el bajista Chris Chaney y el bataquero Mat Laug. Luego de más de medio siglo de gobernar el universo rock, esta banda maravillosa sigue siendo el gran referente del más puro, denso, brutal rocanrol en el planeta.

El concierto entero fue un hervidero de emociones, una orgía muy linda de riffs a cargo del tío Angus, un oleaje incesante de la gente meciéndose al ritmo de la música y coreando, aunque sin alcanzar la epifanía en que suelen convertir los conciertos de rock los hinchas argentinos que convivieron la semana pasada con los AC/DC y los conmovieron hasta el llanto en el Estadio del River, en Buenos Aires.

En el oriente de la ciudad de México, mientras tanto, ocurrió un estallido de música en aluviones. Es como si de todas las veces que hemos escuchado en casa sus discos, de repente le subiéramos todo el volumen pero esta vez el volumen no tuvo límites. Los decibeles se convirtieron en chispas lumínicas que se expandieron adentro de los cuerpos de todos y cada uno de los concurrentes, con la mirada en blanco del puritito placer, con la sonrisa abierta en señal de alegría sin fin, con una sensación irreprimible de ser felices, muy felices, porque escuchar en vivo a AC/DC es uno de esos raros privilegios de la vida que dejan una hoguera ardiendo encima de nuestras cabezas para siempre.

Cada vez que el tío Angus levantaba el índice derecho y nos señalaba directamente, viéndonos a los ojos a todos y cada uno de los 65 mil 1 fervientes sobrinos suyos, la aclamación generalizada era un torrente de rumores como un río de rocas desgranándose montaña abajo.

Esto era que Angus Young respondiera con relámpagos los graznidos de Brian Johnson y saliera disparado por el proscenio, y todas las tempestades de todas las eras se desgranaban sobre las cabezas de chorrocientos mil afortunados que flotábamos en adrenalina. En delirio.

Los discos que nos han acompañado toda la vida, las piezas clásicas que nos sabemos de memoria, son algo muy diferente cuando suenan en vivo y rodeados de una multitud hirviente. Es una transfiguración.

Sí, nos las sabemos de memoria, pero están sonando ¡en vivo! Y esto que es evaluado como un milagro, un hecho insólito, un alto prodigio, no es otra cosa que el misterio de la vida develado en masas de sonido que adquieren formas fantásticas, toman cuerpo en figuras mitológicas, se convierten en personajes extraídos del tríptico de El Bosco, El jardín de las delicias, comienzan a girar vertiginosamente, nos llevan con ellas, nos conducen, nos elevan.

Y en lo más alto, junto a todas esas criaturas ancestrales en que se han convertido los sonidos de la banda AC/DC en su concierto en vivo, nos vemos, en un efecto de espejo alucinado, a nosotros mismos en plena flotación: nos hemos convertido en uno de esos seres mitológicos, sudorosos y sonrientes, extasiados en el más intenso placer. Y sonreímos y damos gracias por esta que es una de las formas más bellas de la felicidad.

Gracias por tanto, tío Angus.


© La Jornada