Disquero

He aquí un disco de gran belleza: Jóhann Jóhannsson: Piano Works, de Alice Sara Ott. Está compuesto por 30 obras breves que reimaginan el universo sonoro del compositor islandés Jóhann Jóhannsson (1969-2018), uno de los compositores más importantes de los últimos tiempos.

Su música recoge el espíritu que habita Islandia: el hielo, el vapor que emana de la superficie rocosa, el horizonte invisible que divide la línea polar de la franja de cielo, la vida en retiro precisamente por esos factores de clima, lejanía, tiempo suspendido.

El Disquero ha documentado las invenciones sonoras de varios compositores islandeses, entre ellos Ólafur Arnalds e Hildur Guðnadóttir. Todos ellos hacen una música cuyo primer y último valor es la belleza.

En el caso de la música de Jóhann Jóhannsson, esa plenitud adquiere dimensiones colosales y ese es el valor del disco de Alice Sara Ott al recoger la monumentalidad de ese esplendor, en obras muy breves.

Estas 30 transcripciones para piano de música escrita por Jóhann Jóhannsson originalmente para orquesta, equipos electrónicos, grupos de cámara y alguna para piano, reproducen su magia artesanal: la belleza debe expresarse con pocas palabras, frases cortas, poco tiempo. Reproducen el esplendor del instante, del paisaje, del entorno doméstico, de la vida cotidiana.

La pieza inicial nos remite de inmediato a Pascal Quignard, ese músico escritor, escritor y músico, cuando diserta sobre Simeon Pease Cheney, “el primer compositor que anotó todos los cantos de pájaros que escuchó trinar en el jardín de su parroquia, durante su ministerio, en los años que van desde 1860 a 1880”. Anotó, agrega Quignard, hasta las gotas de la cañería mal cerrada que caían en la regadera apoyada sobre los adoquines de su patio. Transcribió “hasta el sonido particular que hacía el perchero del pasillo cuando el viento se embolsaba entre los abrigos invernales”.

El libro de Pascal Quignard se llama En ese jardín que amábamos y es un bello poema en prosa, una monumental obra de teatro Noh, una novela tan intensa como las más románticas de toda la historia, un ensayo sobre la soledad, el aislamiento voluntario, el aislamiento creativo.

En otro de sus libros, Vida secreta, acuñó esta gran verdad: “La música, cuando termina, genera en un músico auténtico un silencio sólido y preciso que roza las ganas de llorar”. Porque no se llora solamente por tristeza o dolor. Cuando la belleza es tan grande y tan intensa, las lágrimas son la única respuesta ante tanta grandeza y tan bella emoción. El final de la Novena Sinfonía de Bruckner, por ejemplo, me produce una exaltación tan grande y tan íntima que, cuando termina la música, observo mi camisa mojada de lágrimas.

Esos momentos tan sublimes en los movimientos lentos de las sinfonías de Bruckner forman parte de la poética de Jóhann Jóhannsson, no porque se parezcan las obras de estos dos autores inmortales, sino por la hondura, la transparencia, la belleza tan íntima y tan delicada. Alice Sara Ott comparte esta sensación: “En este mundo sonoro más concentrado e íntimo, la escritura revela matices ocultos y resalta la pureza y claridad inherentes a su música”.

Ella viajó a la tierra natal de Jóhannsson, Reikiavik, donde decidió alejarse del sonido pulido de los grandes estudios de grabación y registró la mayor parte de las piezas de este disco en un antiguo piano vertical, con los micrófonos colocados muy cerca del instrumento para generar un sonido íntimo, cargado, dice ella, de “una sensación de nostalgia, como recuerdos de algo que ya no existe”.

El propio compositor decía: “mi música recurre a la poesía, a textos clásicos y a vocablos de mi invención para nunca fijar el significado unívocamente. Porque la palabra es poder. En música, la palabra es un géiser de sonido y así se vuelve más poderosa aún”. No necesita de la voz humana para poner en sonidos las palabras. Es una música espiritual de inspiración y efecto sublime; remite de inmediato al tesoro polifónico y giran en su entorno influencias de varios autores: Palestrina, Guillaume de Machaut, Heinrich Schütz. Y, por supuesto, Arvo Pärt.

Muchos pasajes de sus partituras remiten, por su poder de estremecimiento, a la magia de las partituras de György Ligeti. Muchos de esos pasajes son planicies, pero todos esos paisajes crecen, se ondulan, modulan, se desvanecen y ganan la calidad de ensueño.

La música de Jóhann Jóhannsson estructura una poética. La elegancia de sus líneas melódicas, las trazas de blanco sobre blanco, los efluvios de magia, su gloriosa epifanía, conforman el andamiaje con el cual construyó la versión en sonido del paisaje de Islandia. La poesía.

El disco de Jóhannsson preferido del Disquero se titula Englabörn & Variations. Es poesía y texto en sonido. Toma puerto de partida en la poesía de Gaius Valerius Catullus, en los versos amorosos más intensos, densos, contundentes que se han escrito o tomado en diferentes formas, en reverberaciones. Su nudo dramático es el disparo en medio del bosque. El aleteo de las aves asustadas, el ladrido de los perros a lo lejos, mientras el rumor oscuro de las pesadas ramas de los árboles se mece.

Al igual que sus colegas romanos Helvio Cinna, Marco Furio Bibáculo, Valerio Catón y Cornelio Nepote, seguidores del maestro griego Calímaco, el poeta Catulo funda el canto elegiaco, la íntima subjetividad que pocos han entendido.

Uno de esos pocos es Jóhann Jóhannsson.

Englabörn en islandés significa ángeles. Y es el título de una obra de teatro para la que fue requerido el oficio de compositor de Jóhann Jóhannsson.

La herramienta más poderosa de este compositor se llama sencillez. Tiene claro su objetivo: transmitir su paz interior, su claridad de espíritu, la quietud de su mente y la alegría de su sonrisa que reposa detrás de la apariencia de melancolía. Es por eso que su obra posee la profundidad emocional que pocos compositores logran. Al escuchar su música, la sensación de gozo, paz, regocijo nos inunda y nos pone a flotar.

La cercanía sonora que logra Alice Sara Ott en el disco que ahora nos ocupa refuerza la dimensión meditativa de esta música. Las 30 piezas que interpreta al piano funcionan como pequeñas miniaturas musicales que invitan a la contemplación y al silencio. Durante una hora con 13 minutos nos transportamos a un lugar donde la alegría es posible, la bondad es el signo, la noción de ser y estar es una verdad absoluta y la felicidad consiste simplemente en respirar, cerrar los ojos, sonreír.

Cuando termina el disco, nos inunda una sensación de plenitud que hace cobrar sentido al aserto de Pascal Quignard: “La música, cuando termina, genera en un músico auténtico un silencio sólido y preciso que roza las ganas de llorar”.

Y es entonces cuando lloramos de felicidad.


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