Economía y guerra
Las tensiones económicas a escala mundial se han intensificado en los recientes 15 meses. El comercio global ha estado marcado por las distorsiones en las corrientes del intercambio, asociadas con la imposición de tarifas, la aplicación de subsidios y por más medidas regulatorias. Esto ha propiciado mayor incertidumbre en la actividad productiva y en los mercados financieros. Las cadenas productivas se han fragmentado y los costos han ido en aumento. Esta tendencia se ha agravado recientemente con la guerra en Irán y el efecto que ha tenido en el alza del precio el petróleo y, con ello, en el resto del sector de la energía.
El entorno económico es más inestable y las predicciones acerca del crecimiento económico se han ajustado a la baja, mientras las relativas a la inflación van al alza, que es una combinación siempre problemática. El registro de la inflación en Estados Unidos de marzo pasado creció hasta 3.3 por ciento, el nivel más alto en dos años (por encima del 2.4 por ciento registrado en febrero). La inflación es uno de los indicadores más sensibles en la configuración de las condiciones actuales y era previsible su alza (de la misma manera en que ha ocurrido en México, donde el registro del INPC llegó en marzo a un nivel anualizado de 4.59 por ciento; por encima del objetivo de 3 por ciento y de las bandas de fluctuación de entre 2 y 4 por ciento). Esto repercutirá en las tasas de interés de referencia que fija la Reserva Federal, que podría volver a subirlas (lo que ejercerá, en consecuencia, una presión sobre la tasa que establece el Banco de México, sobre todo luego de haberla reducido de modo inesperado en la más reciente reunión de la Junta de Gobierno).
La discusión que está abierta se enmarca en la magnitud del impacto adverso que las condiciones actuales, en medio de una guerra, pueden provocar. En el entorno de las consecuencias de índole general, aparecen condiciones particulares como son las repercusiones del creciente nivel de los precios de los productos energéticos –en especial del gas natural y su relación con los productos basados en el nitrógeno– y el impacto adverso que eso tiene sobre la cotización de los fertilizantes y, por extensión, en el precio de los alimentos. Aunada está la presión sobre el costo de los transportes, un factor adicional de incidencia en el alza del índice de los precios.
En términos más generales, se observa que la capacidad de la economía estadunidense –para crecer sobre la base de una mayor productividad y el dinamismo de las corrientes de inversión, como ocurre de modo sobresaliente en el sector de la inteligencia artificial–, está expuesta a las condiciones provocadas por la guerra. El Departamento de Comercio redujo a la mitad la estimación de crecimiento del último trimestre de 2025 de 1.4 a 0.7 por ciento.
Hoy, las empresas y las familias resienten las consecuencias de la guerra, tanto en el ya señalado caso del costo de la energía como en el alza del costo del crédito. La secuencia del proceso de inestabilidad económica que está en curso puede describirse en distintas etapas: primero, el alto precio de los productos energéticos, asunto que se ha ido complicando en el escenario de guerra contra Irán. Segundo, el impacto alcista sobre la cobertura de las necesidades básicas. Tercero, los obstáculos de la oferta de bienes derivada de la fragilidad de la estructura de las corrientes del comercio, misma que puede volverse más compleja.
La guerra impone un alto costo económico y la tendencia es ahora hacia un mayor gasto en defensa. Para muchos países la presión fiscal está creciendo y con ello el entorno de vulnerabilidad tanto para costear el conflicto y, en término más generales, para establecer condiciones suficientes de cara a una eventual recuperación del nivel de la actividad económica.
La guerra de Irán empezó el pasado 28 de febrero y su duración se ha extendido más allá de la estimación original y en condiciones militares y políticas no previstas originalmente. Hoy, en medio de una tregua tambaleante pactada entre las partes, no se vislumbra una conclusión y menos aún la forma que ésta podría tener. Esto replantea las condiciones de incertidumbre y la matriz de los riesgos que se enfrentan. Cualquier escenario económico que se presente y las decisiones políticas que adopten los gobiernos están enmarcadas en la dinámica de la guerra.
Como ha apuntado el conocido experto financiero Mohamed El-Erian, lo que ahora se aprecia como un choque económico de graves consecuencias negativas, podría pasar de ser una disrupción temporal a una fase de daño estructural de largo plazo.
