Venezuela: guerra cognitiva hasta en la cocina

Invadir a Venezuela y secuestrar al presidente en funciones junto con su esposa, toca a fondo nuestras vidas, porque no es un hecho lejano ni un episodio aislado sólo para entretenernos con noticieros o con análisis especializados; es una agresión que se filtra en la intimidad cotidiana, en las sobremesas familiares, en las conversaciones aparentemente inocentes, en los silencios incómodos y en las frases repetidas como si fueran propias, cuando en realidad vienen prefabricadas por los laboratorios de guerra sicológica. 

Allí opera la guerra cognitiva, no solamente como estruendo de bombas, sino como persistencia de sentidos impuestos, como desgaste lento de la capacidad de pensar con autonomía, como ocupación simbólica del lenguaje con el que nombramos la realidad. No se trata sólo de lo que ocurre en el territorio venezolano, sino de cómo ese acontecimiento es utilizado para reorganizar percepciones, emociones y juicios en millones de conciencias más allá de sus fronteras. 

Así la guerra cognitiva imperial se “sienta a la mesa” con nosotros, se sirve el café y se disfraza de sentido común. Se manifiesta cuando alguien dice que “algo habrán hecho”, cuando se acepta sin discusión que la intervención extranjera es una forma de ayuda, cuando se repite que la soberanía es un concepto antiguo frente a la modernidad del mercado y las sanciones. Así, el ataque a Venezuela no sólo destruye infraestructura o amenaza instituciones, sino que busca colonizar la conversación diaria, erosionar la solidaridad y fragmentar la........

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