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Mar de Historias

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26.09.2021

la memoria de Doña Juana García

Ya habían pasado varios minutos de la visita de Tadeo a su oficina y, sin embargo, Gabriela continuaba desconcertada, incapaz de entender un hecho tan simple como que el elevadorista fuera a renunciar a su trabajo a partir del lunes. Su hijo lo había llamado para decirle que el domingo pasaría a recogerlo para llevárselo a vivir a Tlaxcala. ¿Y usted estuvo de acuerdo?, le preguntó Gabriela. “Llevo demasiado tiempo aquí, haciendo a diario lo mismo.

Cuando vivía mi señora, que en paz descanse, no me molestaba, pero ya estando solo es distinto. No me quejo; mi trabajo me gusta mucho, pero es hora de que me vaya. Necesito pasar mis últimos años al lado de mi familia.”

Gabriela no tuvo más que agregar y él se limitó a agradecerle su ayuda y sus atenciones durante sus años de convivencia; luego, en tono paternal, le aconsejó que ya no trabajara tanto y puso sobre el escritorio el cuaderno que sostenía en la mano: Cuando tenga tiempo, véalo, dijo, y salió. De inmediato en el pasillo volvió a escucharse el carraspeo del viejo elevador en su lento descenso.

Ese rumor le dice a Gabriela que a partir del lunes no volverá a ver a Tadeo. Aunque sea un hombre algo hosco va a extrañarlo, lo estima mucho. También lo aprecian los empleados que ocupan el resto de las oficinas. En las fiestas de fin de año, a la hora del brindis, nunca falta quien levante su copa y diga: Por el gran Tadeo: parte de nuestros monumentos nacionales.

II

Las cosas son como son y ya, dice Gabriela para frenar sus........

© La Jornada


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