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La digna marcha y sus secuelas

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04.03.2026

Un niño de mirada atónita contempla el cuerpo exánime de un obrero y sobre él a unas mujeres dolientes. El pintor Gerardo Cantú era ese niño. En su memoria mantuvo ésa y escenas parecidas y las recreó en una serie de obras memorables sobre los obreros de su natal Nueva Rosita. Su madre mantenía un chal (shawl) en el respaldo de una silla para tomarlo apenas percibiera la señal de que se había producido un derrumbe o una explosión en alguna de las minas de la zona. Como en el resto de las mujeres, esa prenda podía ser necesaria en caso de un luto exigido por las circunstancias. 

Las familias de los trabajadores mineros –antes, entonces y hoy– se contienen en una leve cápsula de angustia y riesgo de muerte. Por lo general, los accidentes a los que están expuestos son resultado de las condiciones de inseguridad en que los propietarios de los fundos mineros mantienen sus explotaciones, cuya riqueza están en contra de compartir con quienes la producen. 

Salarios bajos o miserables, contratos colectivos –de haberlos– y prestaciones manipulables, presiones que llegan a ser operadas por cuerpos “de seguridad” privados o públicos y un sinnúmero de trampas laborales. 

Ésa fue, hace 75 años, la experiencia que determinó a los mineros de Nueva Rosita, Palau y Cloete a realizar una huelga en la Mexican Zinc Company y Carbonífera de Sabinas, de la Asarco monopólica, en el propósito........

© La Jornada