No nos mata el calor, nos mata el capitalismo
Desde hace mucho tiempo, diversos colectivos y defensores de los derechos de los trabajadores vienen alertando sobre el peligro real que sufren quienes ejercen sus funciones a la intemperie o en naves y locales sin una climatización digna.
Cuando ocurre una desgracia de este tipo, la pregunta es obligatoria: ¿cuántas tragedias más hacen falta para asumir que el calor extremo mata? Las instituciones públicas tienen herramientas de sobra para frenar este goteo de muertes estivales. Modificar los cuadrantes, recortar las jornadas en los meses más duros o prohibir el esfuerzo físico en las horas centrales del día son soluciones lógicas y totalmente viables.
Si una empresa obliga a un empleado a seguir rindiendo a pesar de que este ha manifestado encontrarse mal por el calor, no estamos ante una fatalidad, sino ante una negligencia con consecuencias trágicas. En un entorno laboral donde impera el miedo al despido, el trabajador raramente se planteará plantar cara o parar, lo que deja toda la responsabilidad en manos de la dirección.
La subcontratación y la inestabilidad laboral son el caldo de cultivo perfecto para estas situaciones. Por eso, llamar a esto «accidente de tráfico laboral» o «casualidad» es maquillar la realidad. Son muertes evitables. Cada persona que pierde la vida en su puesto........
