El Golfo después de Ormuz |
La guerra de EEUU/Israel contra Irán no solo alteró el equilibrio militar de Medio Oriente. También abrió una crisis más profunda, la del modelo de poder sobre el que las dictaduras del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) construyeron su ascenso durante las últimas décadas. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait, Bahréin y Omán habían logrado combinar tres activos decisivos: seguridad provista en gran medida por EEUU, centralidad logística en los flujos de energía (exportaciones y corredores para distribuirlas) y una extraordinaria capacidad de inversión global a través de sus fondos soberanos. Esta guerra ha puesto en jaque las tres cosas al mismo tiempo.
El debate público suele concentrarse en lo más visible: misiles, drones, refinerías golpeadas, el cierre del Estrecho de Ormuz y la escalada entre Washington y Teherán. Pero el verdadero cambio geopolítico es más estructural. La reconfiguración del CCG depende hoy de su capacidad para resolver tres vulnerabilidades simultáneas: la ausencia de una defensa regional realmente integrada; la construcción de corredores alternativos a los grandes cuellos de botella marítimos, con la incógnita estratégica de si China será incluida en su diseño y la preservación de su potencia financiera externa, en particular los flujos de sus fondos soberanos hacia EEUU, en un contexto de guerra, caída de ingresos y necesidad de reorientar capital hacia prioridades domésticas.
La guerra acelera esa discusión porque golpea a la vez la seguridad, la energía, el turismo, la logística y la capacidad del Golfo para seguir exportando capital. Rebecca Patterson lo formuló con agudeza en un artículo reciente para el 'Council on Foreign Relations': "existe un riesgo para EEUU mucho menos atendido que el precio del petróleo o la interrupción de materias primas críticas. Ese riesgo es la reducción del suministro de dólares procedentes del Golfo, especialmente hacia empresas tecnológicas estadounidenses necesitadas de financiamiento, proyectos de inteligencia artificial y sus intermediarios financieros". No es un detalle marginal. Es uno de los nervios menos discutidos del nuevo equilibrio regional.
El primer problema del CCG es militar, aunque en realidad sea político. Las seis dictaduras del Golfo llevan años hablando de coordinación defensiva, de interoperabilidad, de sistemas de alerta temprana y de una arquitectura común frente a misiles y drones. Existen acuerdos, ejercicios conjuntos, grupos de trabajo y hasta una retórica recurrente de "seguridad indivisible". Sin embargo, la guerra demostró que esa integración era más formal que efectiva.
La principal barrera no es tecnológica. Es política. Los Estados del Golfo no comparten una misma lectura estratégica del mundo. Emiratos y Bahréin profundizaron vínculos con el régimen israelí; Catar conserva una asociación estrecha con Turquía; Omán protege su rol de mediador y mantiene canales con Irán; Arabia Saudita alterna entre la contención, la negociación y la búsqueda de autonomía. Son países aliados en el papel, pero no idénticos en sus prioridades, ni en sus amenazas percibidas, ni en sus márgenes de maniobra.
Durante años, Washington ayudó a administrar esa fragmentación sin resolverla. Vendió sistemas antimisiles, radares, aviones y baterías de defensa a sus socios del Golfo. Impulsó ejercicios conjuntos. Promovió la interoperabilidad entre las fuerzas locales y el dispositivo militar estadounidense. En mayo de 2024, luego de la demoledora respuesta iraní al ataque en su contra de Israel, un funcionario del Pentágono presentó ese episodio como una prueba del valor de la defensa aérea y antimisiles integrada, y sostuvo que había dado nueva urgencia a........